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Mucho abuso y poca Ayuso

Héctor Abad Faciolince

22 de marzo de 2026 - 12:07 a. m.

La cruz de los conquistadores tenía generalmente la forma de la espada. Más aún, la empuñadura de la espada de ellos era ya una cruz. Una cruz para matar infieles. Los conquistadores de Indias, o de lo que acabó por llamarse Hispanoamérica, descendían o habían sido ellos mismos protagonistas de la reconquista, es decir, estaban acostumbrados a matar sin piedad a quienes se atrevieran a oponer la menor resistencia a esa empresa siempre horrenda porque combina pasiones que los fanáticos sienten como absolutas e irrenunciables: el único Dios verdadero y la propia patria, que por definición solo puede ser, también, única. O se rinden o los exterminamos; o se convierten o los desterramos.

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Los dioses y las patrias ajenas parecen siempre falsos, o al menos de segunda categoría. Todavía hoy muchos horrores (el de Irán, el de Gaza, el de Ucrania) se cometen en nombre del propio Dios y de la propia patria. Esas banderas, hasta el día de hoy, han sido siempre un asco y despiertan en las personas un ardor asesino y una confianza irracional en la victoria. Si Dios está de nuestra parte, no podemos rendirnos ni podemos perder. En Irán se enfrentan dos fanatismos con vocación de martirio. Eso lleva a las guerras de exterminio que hoy llamamos genocidio.

Esta semana se revivió el lío insoluble de la Conquista de América y el exterminio físico y cultural de los indígenas. El rey de España reconoció algo obvio ante el gobierno de México: que hubo abusos. México celebró las declaraciones, pero aún le parecen insuficientes. Exigen que el rey pida perdón de rodillas. Al oír al rey, la extrema derecha española, de repente, dejó de ser monárquica y se puso en pie de lucha. Una de sus voceras, Isabel Díaz Ayuso (presidenta de la comunidad de Madrid, figura del PP, pero en pactos con Vox), sacó a relucir lo de la cruz, como si la conquista hubiera sido un asunto de monjes misioneros que llegaron a América en son de paz, con el solo propósito de dar la noticia de los evangelios dando bendiciones. Y por ahí derecho imponer nuestra lengua a punta de arcabuces, como si en ningún otro idioma fuera posible transmitir la verdad o la belleza. Lo de Ayuso es más ignorancia o idiotez que mentira. O la más burda propaganda que se cree sus propias mentiras. Así no fueron las cosas, y basta leer las crónicas de Indias escritas por los mismos conquistadores para saber, incluso desde su punto de vista parcializado, cómo ocurrió la conquista.

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Ahora bien, tanto la posición de México como la de Ayuso representan extremos sin sentido. En el ADN de los más blancuzcos (en México o en Colombia) está la clave del pasado y de la historia de casi todos nosotros: los hombres solos que vinieron aquí, casados o solteros que fueran, por seducción o por la fuerza, queriendo o sin querer ellas, se arrejuntaron y formaron lo que somos. Los descendientes más directos de la Conquista no son los españoles, sino nosotros mismos, los criollos y mestizos. Aquí no hay puros. Y ni los conquistadores eran monjes pacíficos ni los indígenas mansas palomas inofensivas, ingenuas e inermes. Si no fuera por la falta de inmunidad contra enfermedades comunes en Asia, en África y en Europa, mucho menor habría sido el exterminio y el genocidio, que lo hubo.

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Tenemos que cargar con ese destino ambiguo (desesperado y desesperante para algunos) de ser al mismo tiempo víctimas y verdugos. Y de este duro destino, que nos define como lo que somos, mestizos, solo nos podemos recuperar dejando de tener complejo de hijueputas (o de malparidos, hijos de la Malinche o de la Chingada), es decir, dejando también de ser racistas y resentidos (contra los blancos, contra los negros o contra los indios). Viviremos siempre jodidos y enfermos de rabia si no nos reconciliamos con nosotros mismos. Tenemos que perdonar y perdonarnos en vez de exigir perdón, porque no hay inocentes entre los españoles que vinieron y se fueron, ni entre nosotros que nos mezclamos y nos quedamos.

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