A veces, para entender bien las cosas, conviene ponerlas al revés, de manera que nos afecten a nosotros mismos. Supongamos que uno lee una noticia que viene de un país vecino y dice: “Venezuela restablece la pena de muerte, pero solo para los colombianos”. O que en Estados Unidos resolvieran al fin prohibir la pena de muerte para todos los ciudadanos, salvo para los negros. La arbitrariedad y la injusticia de una decisión así saltaría a la vista.
Pues resulta que es precisamente esto lo que acaba de aprobar la Knesset de Israel, por 62 votos contra 48 (no sé por qué en las ex democracias actuales la minoría tiene siempre la razón). En Israel la pena de muerte llevaba años de moratoria, pero esta moratoria acaba de revocarse y se restablece la horca, aunque no para todo el mundo, sino solo para los palestinos. Imagínense lo que pasaría en el mundo si Alemania decidiera restablecer la pena de muerte, pero solo para los judíos. La indignación sería general, y sería muy justo que fuera así. Sin embargo, ahora que Israel ha resuelto aprobar una ley de este tipo, las reacciones son tímidas (de parte del gobierno alemán, por ejemplo) o inexistentes (por parte del gobierno cómplice de Estados Unidos).
Se me dirá que esto solo se aplica a los palestinos terroristas (y se considera terrorismo matar a cualquier ciudadano israelí, incluso en legítima defensa). Bueno, les respondería yo, lo único que falta es que la pena se aplique automáticamente, por el solo hecho de ser palestino, sin que medie ningún delito real o al menos aparente. Lo grave es que si el acto terrorista lo comete un nacionalista israelí contra un palestino, en este caso la pena de muerte tiene otros requisitos y criterios, que la hacen imposible de aplicar. Esto quiere decir que van a ahorcar, después de juicios sumarios, solamente a los palestinos que se atrevan a defenderse.
Esta terrible distorsión de la ley, al aplicarla solamente a un grupo poblacional, es realmente monstruosa y tuvo razón el presidente de España, Sánchez, al declarar que era un paso más en la construcción de un régimen de Apartheid. Si después del genocidio en Gaza hicieran falta más decisiones monstruosas e ilegales para que el Estado de Israel pierda el respeto del mundo (un respeto del que disfrutó durante decenios y que yo mismo le profesé), esta nueva barbaridad, unida a la decisión de arrasar con todas las construcciones de una parte del Líbano, hace que Israel se convierta en un Estado abominable. Obviamente no abogo por su destrucción, pero ha perdido por completo, y hasta que no cambie, mi respeto y mi solidaridad. Esta afirmación no tiene ninguna importancia, pero es la expresión personal de un sentimiento mucho más general y mucho más arraigado de lo que se cree.
El Estado de Israel está propiciando, con su actuación despiadada y vengativa, un terrible antisemitismo en el mundo entero. Cada vez leo más, con desesperación, cómo la gente confunde a Israel con los judíos. Como si muchas personas fueran incapaces de distinguir un régimen salvaje de un pueblo extraordinario diseminado por toda la tierra y sin ninguna complicidad directa con el país que ha dejado de representarlos y de protegerlos. Al contrario, ahora el Israel de Netanyahu y sus fanáticos religiosos es el peor enemigo de los judíos del mundo. Yo estoy con los judíos de todas las nacionalidades, también con los judíos de Israel, pero detesto y abomino al régimen que los gobierna en ese país que ya no es su refugio sino su condena. Mi única esperanza se puede expresar con un viejo aforismo de Joubert: “El mal sirve de estiércol para el bien”. Ojalá este mal que está diseminando Israel en el Medio Oriente (ahora en el Líbano y en Irán) los lleve a corregir, cuando el péndulo de la historia se mueva al otro lado, esta política de espanto. Solo el reconocimiento de la existencia y de la dignidad del pueblo palestino podrá traer la paz para Israel y para Palestina.