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El monarca del mundo, don Donald Trump, le dedicó su libro The Art of the Deal (El arte del trato) definiendo a Gustavo: “You are great” (“Tú eres grande”), y bastó esto para que toda la embajada de Colombia en Washington, con fantasma incluido, más el séquito que acompañó al presidente, lo recibiera de pie a la entrada del palacete con un, como se dice, atronador aplauso. En adelante Gustavo, despojado de visa e incluido en la lista Clinton, quedará ungido como Petro el Grande y, en alianza con Trump y Delcy Rodríguez, harán a las “Américas great again”. A todas las Américas, no solo a las del Norte.
La gorra roja chavista, al fin y al cabo, no es tan distinta a la gorra roja de MAGA. Ya Trump lo dijo: “Quiero convertir a Canadá en el estado n. 51°, a Groenlandia en el 52°; Venezuela puede ser el 53°”. Si seguimos sumando, pronto dirá que Colombia, de la mano de Petro el Grande, si resulta tan obediente como Delcy Rodríguez, podría aspirar a ser el 54°. Qué ilusión, volvernos gringos al fin, como quiere el candidato de Montería, vecino de Miami de toda la vida, De la Espriella. El mismo senador Moreno tuvo que reconocer que era colombiano de nacimiento, pero que él no quería volver por aquí ni deportado, y Trump se sorprendió: “Creí que eras italiano”, le dijo. ¡El italiano soy yo!, pudo haber dicho Petro el Grande, pero no lo dijo.
Nada de genuflexiones, aclara la Cancillería, puro pragmatismo. No más insultos al hombre duro del mundo, antes definido como “genocida”: obediencia supina, tratos (deals), todas las extradiciones que mande y glifosato ventiao. Lo que diga el amo, con tal de que no siga amenazando con cárcel a Petro, o con cosas peores. Dijo Trump después de llevarse a Maduro: “A él más le vale que se cuide el culo”, literalmente: “He’s gotta watch his ass”. Y para cuidárselo se lo lamió.
Esa fue, precisamente, la primera pregunta del encuentro, tras las venias y saludos protocolarios: “¿Tenías miedo de que hiciera contigo lo mismo que con Maduro?”. Petro (no ungido aún de Grande, eso fue al final) sonrió y no dijo ni sí ni no, no dijo ni mu. Mejor por las buenas, hagámonos pasito, por la sombrita. La diplomacia es el arte de la hipocresía. Según el viejo chiste, cuando un diplomático dice sí, es que tal vez, cuando dice tal vez, es que no, y si dice no, no es diplomático. García Peña debió repetirle durante horas esa sencilla lección: no le alegue, no le discuta, no le alce la voz, no le diga no. Sonría como un bobo y entréguele los regalos.
Y qué regalos. Según los chismes que se cuentan en algunos periódicos (tomo de fuentes, no sé qué tan fidedignas, a El Colombiano y Semana), además de lo que uno lleva siempre cuando sale del terruño (café del Quindío, mochilas de la Guajira), también hubo joyas de imitación precolombina para Rubio y su consorte, traje largo, collar y pulsera para la primera dama, la exmodelo Melania, y, sobre todo, “una pieza inspirada en la cultura Quimbaya, en oro macizo, de un valor aproximado de 700 millones de pesos”. Bien pensado, gold, gold, gold, nada le gusta tanto a míster Trump como el oro, el oro, el oro, y de hecho su nueva Casa Dorada (The Gold House) ya no es Blanca pues tiene oro y cosas doradas por todos los rincones. Bien pensado, sí. Lástima que hayan pagado el ídolo sacando la plata no de los ahorros de Petro el Grande, sino del erario público, que con tanto sudor pagamos todos, pero con tal de hacer las paces con el duro de Groenlandia, Canadá, Venezuela y Colombia, lo que sea.
A Trump debieron contarle, claro está, que Petro el Grande era un viejo informante del Departamento de Estado, un tipo en el que se puede confiar. Desde sus tiempos de senador de la república él visitaba la embajada gringa para denunciar a los extremistas de izquierda del Polo, como Carlos Gaviria, según revelaciones de WikiLeaks. Con un presidente tan colaborador se puede trabajar. Como con Delcy y su hermano. ¡Viva la patria que no se arrodilla!, todo bien.
