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20 Mar 2022 - 5:30 a. m.

¿Quién te dará la noticia de mi muerte?

Un soldado ucraniano en el frente de batalla camina por una llanura cubierta de nieve. Tiene una de las sonrisas más tristes que se puedan ver en la vida. Un fotógrafo de esos que lo arriesgan todo con tal de mostrar la verdad, Alex Lourie, pasa a su lado y lo oye hablar en una lengua que conoce. Ambos han estado en Irán y descubren que pueden entenderse en farsi. El soldado, entonces, le recita un poema: A veces me pregunto / Quién te dará la noticia de mi muerte. De profesión no es militar, sino comerciante, pero se ha alistado en el ejército porque no tiene más remedio y porque siente la obligación moral de defender a su país de la invasión rusa. En la casa han quedado su mujer y un niño. ¿Quién les dará la noticia de su muerte?

Lo mismo podría decirse de miles de reclutas rusos, de 18 o 20 años, a quienes Putin ha enviado al matadero sin más motivo que su idea delirante de que Ucrania no existe, de que está gobernada por nazis, y que está preparando armas de destrucción masiva (nucleares y químicas) para atacar a Rusia. Esta idiotez la repiten incluso articulistas de este periódico que prefieren creerle a la propaganda fabricada por un autócrata que a la ONU, a la OMS o a cualquier medio de comunicación independiente que esté enterado de cómo funcionan las mentiras y las amenazas en la Federación Rusa.

¿Cuáles son los aliados que le quedan a Rusia en el mundo? ¿Qué países votaron con Putin en la ONU? En la Unión Europea sus amigos coinciden exactamente con los populistas de extrema derecha: Viktor Orban, que prohibió el paso de armas por Hungría para socorrer a Ucrania. Los Salvini, Zemmour, Le Pen, y Abascales del mundo sórdido y antieuropeo de la extrema derecha. ¿Y sus aliados en América? También la extrema derecha: Trump, que lo llama genio, Bolsonaro, que lo admira boquiabierto, y los tres dictadores de pacotilla de tres dictaduras que se dicen de izquierda: Venezuela, Cuba, Nicaragua. Como ha dicho Javier Cercas, “la invasión rusa constituye el primer enfrentamiento bélico a gran escala entre nacionalpopulismo y democracia”.

Al principio de Tarás Bulba, la dolorosa novela del escritor ucraniano Nikolái Gógol, se nos explica el papel que jugaron los cosacos de Ucrania en la historia de Europa. “Cosaco”, en lengua rutena, significa “hombre libre”, y en la novela de Gógol uno entiende bien por qué se dice “beber como un cosaco”. Estos cosacos, cuenta Gógol, “aparecieron en el siglo XV cuando aquel seminómada rincón de Europa estaba devastado y rapiñado por las invasiones de los mongoles; cuando el hombre, sin techo y sin hogar, tuvo que hacerse valiente y olvidar que el miedo existía en el mundo; cuando el ánimo pacífico del antiguo ucranio se encendió en valor guerrero… Los libres cosacos, ya es sabido por la historia, con su lucha incesante salvaron a Europa de terribles invasiones que la hubieran llevado a la ruina”.

Hoy esa invasión, ese neocolonialismo a sangre y fuego, lo comete un autócrata de claro estilo fascista. Uno de sus últimos discursos pinta a Putin como es. En él invita depurar a Rusia de los “rusos traidores” que se oponen a su “operación militar”. Llama a aplastar a los que “viven en Rusia, pero piensan como europeos”, pues niegan que esta sea una guerra para “desnazificar a Ucrania”. Hay que “depurar” a Rusia de esos traidores “y escupirlos como a una mosca que se nos metió en la boca”.

Y mientras Putin habla en esta pura jerga neonazi, confirma con los hechos sus palabras: arrasa ciudades enteras. Su guerra “libertadora” para “desnazificar” a Ucrania consiste en bombardear hospitales, escuelas, teatros y edificios de viviendas. Como ya había ensayado en Siria y en Chechenia, ahora ha convertido el puerto de Mariupol en un infierno. Los muertos civiles se cuentan por decenas de miles y sus deudos no dan abasto para enterrarlos en fosas comunes. Cientos de víctimas son niños. Putin, el asesino, el héroe de la extrema derecha de Occidente.

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