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No es necesario mostrarles una foto ni decirles el nombre y apellido de un petardo; ustedes van a verlo dibujado con palabras.
Me refiero a un tipo tan ridículo que sostiene que solo lo saben afeitar en Miami. Un macho tan inseguro de su aspecto –y a pesar de eso tan vanidoso– que confiesa gastar cada mañana una hora entera acicalándose la barba, pelo a pelo, ante el espejo. Un varón tan dudoso de su virilidad que les señala a las mujeres, para que se lo admiren, el magnífico tamaño de su paquete erecto.
Un salvador de la patria cuya consorte sostiene que si no ganan las elecciones volverán a su amena vida de rentistas en Miami o en Florencia. Un patriota que hará lo que el mandamás de Estados Unidos le indique y que seguirá su ejemplo de mezclar el Estado con sus negocios privados para hacer aún más grande el paquete de sus propiedades. Un firme por la patria que en realidad sería un procónsul del Imperio.
Un tipo tan deshonesto que tiene mala fama entre los bandidos. Tan perezoso y mediocre que su programa de gobierno se reduce a tres páginas de lugares comunes y amenazas violentas. Con tan mal oído que se cree buen cantante; con tal mal gusto que se cree elegante porque se viste más ceñido que un torero, quizá, precisamente, para que se le forre el paquete chileno. O, si no chileno, al menos siciliano.
Un abogado que tilda de ignorante a una gran periodista que lo cuestiona por su falta de ética en el ejercicio del derecho, y el ignorante es él que ni siquiera conoce el significado de la palabra “arrogante” y por eso se precia de padecer el despreciable defecto de la arrogancia, que es de verdad lo que lo define, pues con ella ultraja a todos los que considera inferiores por tener menos plata o menos ropa o menos labia barata y rápida para decir mentiras que parezcan verdades.
Un autoritario sin autoridad, porque jamás ha gobernado nada; un mandón que desconoce la eficacia porque confunde la gritería histérica con el don de mando. Uno que jamás prestó servicio militar pero se apropia de los gestos marciales para hacerse pasar por comandante en jefe del ejército. Un altanero y engreído que cree que humillar a los demás es un triunfo y no una infamia. Un tramposo con tanto éxito que si Benedetti o Quintero pudieran devolver el tiempo, quisieran ser como él y estar con él (por algo serán los más expertos tránsfugas) para poder robar a sus anchas desde el poder absoluto, con sus almas gemelas de afinidad perfecta con la cleptocracia.
Después de esta diatriba que me dictan la indignación y la desesperanza, el triunfo de la propaganda barata y mentirosa, y la derrota de la seriedad y de la democracia, hoy pienso ir, resignado pero convencido, a votar por alguien que va a perder. No voto por Fajardo porque vaya a perder, sino porque su derrota será mucho más digna que el triunfo de cualquiera de los dos extremistas que se perfilan (si las encuestas no son un fraude) como ganadores. El falso salvador de la patria y el abanderado de la constituyente que pretende lo mismo que el otro quiere hacer con la violencia: acumular en su persona todos los poderes: ejecutivo, legislativo, y judicial. Podría intentar también un retrato hablado de este último, pero no es nada fácil porque poco habla, porque es hermético, esquivo e insondable, y en realidad no sabemos bien lo que nos depare si llega al poder.
En todo caso, si el también megalómano, populista, mentiroso y padrino de corruptos que ha sido Petro no consiguió en cuatro años acabar con este país, tal vez tampoco lo consigan ni el tirano de barbas de Bukele, ni el aspirante a autócrata que también se disfraza con su ropa, ya no de mafioso siciliano, sino del Mao de la revolución cultural. En una segunda vuelta así, no me parecerá nada indigno refugiarme en la vida privada y no votar o, si mucho, votar en blanco. Si lo que más temo ocurre, espero no volver a escribir de política electoral colombiana en lo que me quede de vida.
