El vate Gabriele D’Annuzio, Príncipe de Montenevoso, poeta decadentista, uniformado guerrero que detestaba todo pacifismo, predijo sin mucho éxito la estética masculina de este siglo: “la belleza futura será calva”. Él, por supuesto, sufría tanto de alopecia como de vanidad. También fue, sin inspirarse en ningún emperador de la antigüedad, quien se inventó por motivos higiénicos y militares el saludo romano, que más tarde sería adoptado por Mussolini, il Duce, imitado por Hitler, el Führer, y más recientemente usado por Elon Musk, el capo, y por el ideólogo de la extrema derecha y compinche de Epstein y de Trump, Steve Bannon.
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Estos versos, que no son propiamente d’annunzianos, explican los remilgos del poeta higienista a quien mucho asco le daba dar la mano: “pues si a la romana en cambio saludas / bastante se gana en tema de higiene / y evitas bacterias, bacilos y dudas…”. Después de la penúltima pandemia (la próxima será la última), es verdad, mucha gente evita compartir y mezclar el sudor y los microorganismos de las manos, y he notado que ahora se impone, al saludar, el choque de los nudillos empuñados. Pero no es de estos saludos que quiero hablar ahora.
A lo que me quiero referir, en estos tiempos de vallas, pasacalles y carteles electorales físicos y virtuales, es al saludo militar de un candidato que, como es típico, nunca prestó servicio militar, y con su gesto, en el fondo, denigra y ofende a los militares de verdad que se juegan la vida en selvas y ciudades. Lo de él es autoridad sin responsabilidad, es decir, autoritarismo. Que el símbolo de la campaña sea un gesto marcial, mostrando la palma y doblando el pulgar al estilo del Führer, y que su lema sea una invocación patriotera (“Defensores de la Patria”) pretende, y a ratos consigue, inspirar algo que es todo lo contrario al respeto: miedo. La bondad, la autoridad, la sabiduría, generan respeto. El autoritarismo, la amenaza, el gesto desafiante, producen miedo.
Parece ser que el saludo militar está inspirado en el gesto medieval de levantarse la visera de un yelmo y mostrar el semblante, dar la cara en son de paz. Decir, este soy yo, y como me muestro, estoy siendo honesto, sincero, no me escondo. También es posible que sea el ademán para quitarse la gorra o el sombrero, sin quitárselos. Por eso en muchos saludos militares se prohíbe hacerlo si la cabeza está descubierta y solo se hace si hay gorra, casco, bicornio, boina, tricornio o lo que sea. Suele ser un saludo del inferior al superior, y no del capo a la masa de votantes. Por eso, para entenderlo, quizá convenga más oír o leer las palabras del patriotero que tratar de interpretar su gesto marcial amenazante.
En dos entrevistas regaladas a El Tiempo y El Colombiano, el autodenominado “defensor de la patria” pela el verdadero cobre de su patriotismo. Este es, en esencia, la imitación de otras patrias y de otros fracasos. El señor del ofensivo saludo militar quiere que los colombianos, como los gringos, nos armemos. No solo los policías o los soldados, sino los de a pie que superemos un examen físico y psicológico. Como si no hubiera suficientes armas y violencia pistolera en las calles, debemos ir armados. Basta comparar la tasa de homicidios de sociedades desarrolladas donde los ciudadanos pueden ir armados o no para saber cuál modelo funciona mejor: si el canadiense o el de los países europeos, o el de Estados Unidos. Este último país tiene tasas de homicidios del tercer mundo precisamente por la política que este patriota quiere imitar y defiende: armar a la gente en lugar de desarmar a todo el mundo, empezando por los delincuentes.