En las simples rutinas de la vida, el ejercicio, el trabajo, así como en las decisiones políticas, uno puede tener una aproximación maximalista (todo o nada) que se parece mucho al fanatismo, o una actitud conciliadora (todo o algo) que es la que conduce a logros que no son plenos, pero que muchas veces son los únicos posibles dados los límites que nos impone la realidad.
El ejemplo más sencillo es con el ejercicio. El manual dice que hay que hacer por lo menos una hora seis veces por semana. Los fanáticos de la salud se atienen a esa rutina rígida e incluso la superan hasta lesionarse. Los fanáticos simétricos, si no pueden sacar esa hora diaria, prefieren no hacer ni siquiera media hora de ejercicio cada dos o tres días. Si no cumplen la hora, tampoco se resignan a caminar diez minutos los martes y los jueves. Cardiólogos y dietistas saben que un poco es mejor que nada y que la obsesión maximalista o bien nos lleva al exceso o nos paraliza.
En el mundo del arte que practico, que bien o mal cometo cada día, la escritura creativa, ocurre algo parecido. Tengo amigos llenos de talento que nunca han escrito una novela porque siempre han buscado –sin lograrlo– la obra maestra. Solo ella; todo o nada. Para hacerla investigan, leen, hacen viajes a regiones remotas, estudian gramática hasta quedar exhaustos, se aprenden de memoria centenares de figuras del discurso (metáfora, aliteración, sinécdoque, litote, hipérbole, anáfora, quiasmo, criptolalia, reticencia, perífrasis, tautología, etc.) y las repasan y practican en breves frases inútiles, sin acabar de dominarlas nunca. Los paraliza la abundancia y terminan por no hacer nada. Si hubieran escrito con paciencia un párrafo cada madrugada o cada noche, ya habrían publicado quince libros (no los quinientos de Lope, pero algo es algo) y tendrían un nombre en la república de las letras. Otros hacemos, modestamente, lo posible.
En la política, que no es mi mundo, tiendo a ser maximalista. Voto por mi candidato, que siempre se parece a una figura compleja, matizada, dudosa, didáctica, que no oculta verdades molestas aunque sean impopulares. Tipo Fajardo, claro. Y tras votar y perder –siempre e irremediablemente– después prefiero no votar por ninguno de los otros, o votar en blanco.
Ahora, con esta mansedumbre o candidez que dan los años, pienso que hasta de los aspirantes más horrendos se podría sacar algo. En mi jerarquía mental los candidatos actuales a la presidencia tienen un orden de mejor a peor y los organizo así: Fajardo, Claudia, Paloma con Oviedo, Cepeda y por último el abominable De la Espriella. De los dos últimos no me gusta que el primero no haya condenado nunca los secuestros de las FARC, y que el segundo no haya hablado nunca en contra de los asesinatos de sus amigos paramilitares. Así, no porque sea un término exacto, sino por simplificar y para hacerme entender, hablo de ellos como “el que secuestra”, el primero, y “el que manda matar”, el segundo. Al plantearlo así, con fanatismo y simplificación extremas, me obligo a no votar en segunda vuelta, me paralizo.
Entonces ahora me pregunto si no sería mejor sacar algo de los extremistas. Apoyar a Paloma, por ejemplo, si pudiera sacarle la promesa de que no va a apoyar a De la Espriella en la segunda vuelta; o apoyar a Cepeda si promete que no va a cambiar la Constitución o que no va a confirmar en sus puestos a los corruptos de los que se rodea Gustavo Petro (Quintero, Benedetti, Roa, por ejemplo). No soy político y no tengo nada que ofrecer para lograr algo a cambio de un solo voto. La pluma y una pequeña columna de opinión semanal, lo sé bien, no valen nada ni sirven para nada. Pero quizá Fajardo o Claudia, los del centro, los que quiero que ganen, pero van a perder, podrían sacar algo (en vez de todo o nada), si salieran de la trampa de una aproximación maximalista. Y acercarse a Paloma o a Cepeda, según lo que consigan que el uno o la otra, de buena fe, les aseguren.