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Un orden, una orden, las órdenes

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Héctor Abad Faciolince
06 de septiembre de 2026 - 05:07 a. m.
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Es bonito que en español baste poner la misma palabra en masculino o en femenino para que su sentido cambie completamente: un orden no es lo mismo que una orden. En masculino, orden es la disposición de las cosas en el lugar que les corresponde; es una regla para situar correctamente, según un diseño bien definido, asuntos o personas: un orden de llegada, un turno, una prelación. En femenino, en cambio, una orden, es un “mandato que se debe obedecer, observar y ejecutar”. A los mandatarios, que suelen ser mandones, les gusta dar órdenes, y creen que estas se deben cumplir como si de verdad las palabras hicieran milagros. Como si la orden fuera un conjuro, un ensalmo que por arte de magia se cumple de inmediato.

No me aparto de mi intención de no hablar de política colombiana; voy a hablar de un tema médico. Hace una semana larga el presidente de la república dio la orden de que a un niño que sufre de una grave afección cardiaca se lo atendiera y se le hiciera un trasplante. La orden parece muy normal y loable. Además —lo más importante para el poder—, seguramente es una orden popular: ¡me le trasplantan un corazón a este niño para que no se muera! Hombre, claro, faltaba más, quién no va a estar de acuerdo. Hay jueces de la república que han hecho lo mismo mediante tutelas: se ordena al hospital tal que en las próximas 48 horas se le trasplante un corazón al paciente tal, so pena de... El juez y el presidente han dado la misma orden absurda o, mejor dicho, el juez y el presidente han hecho el ridículo por igual. Porque para los trasplantes no hay órdenes (en femenino) que valgan, sino un orden, una lista de prioridades que no definen los juristas sino los médicos.

¿Por qué? Por algo muy simple: mucha gente está a la espera de un trasplante, pero los donantes no son infinitos, y mucho menos en el caso del corazón. Si a uno le tienen que trasplantar la córnea, un pedazo de piel, huesos u otros tejidos, estos se pueden extraer de un cadáver frío de ayer envuelto en una bolsa blanca. Son tejidos que no se mueren de inmediato porque su metabolismo es muy bajo. Ya para órganos más complejos, digamos el páncreas, los pulmones, los riñones, el hígado, es posible extraerlos de cadáveres frescos. Es decir, todavía sirven, siempre y cuando no haya pasado demasiado tiempo entre la muerte y la extracción. Para un trasplante de corazón, en cambio, el corazón hay que sacarlo todavía irrigado, palpitando, congelarlo de inmediato, y trasplantarlo al paciente lo antes posible. Salvo que queramos matar a alguien para poder tener un donante inmediato, la orden, venga de quien venga, no se puede cumplir.

En el caso de un niño, el trasplante cardíaco es todavía más difícil: se requiere otro niño donante, más o menos del mismo tamaño del niño que requiere el corazón de reemplazo, y además del mismo grupo sanguíneo. Hay muchos niños en el país y en el mundo que están esperando un trasplante de corazón. Que el trasplante se dé no depende de las órdenes de nadie, sino de un orden. Esto se maneja con una base de datos en todo el país, y siguiendo un protocolo del INS diseñado por médicos expertos en trasplantes, de manera que si resulta un niño de tres años con muerte cerebral en el Tolima, pongamos por caso, y este niño es de sangre tipo AB, se busca en una base de datos nacional a un niño compatible, de esa edad y con ese mismo grupo sanguíneo que esté esperando un trasplante. ¿En qué orden se asigna el órgano disponible? Es un orden complejo, que tiene que ver con la gravedad, el momento de la enfermedad del niño, el orden de entrada al sistema, etc. No debería haber ninguna orden, en femenino, que permita cambiar ese orden, en masculino. Este no lo establece la voluntad de nadie, sino algo diseñado con tino y cuidado por los que saben.

Se pueden vociferar muchas órdenes a diestra y siniestra. El caso es que, al menos en medicina de trasplantes, esas órdenes, debido al orden establecido por médicos y especialistas competentes en salud, no se pueden ni se deben cumplir. Ojalá al niño que protagonizó esta historia le puedan un día trasplantar el corazón que requiere para vivir, pero habrá que recordar, en todo caso, que para que un niño trasplantado pueda seguir con vida, antes debe ocurrir la tragedia de un niño sano que, por algún accidente, llega a tener muerte cerebral y se convierte en donante de su único y maravilloso corazón.

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