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21 Mar 2021 - 3:00 a. m.

Un útero de vidrio

Los ratones de laboratorio (y los caseros también) tienen una vida parecida a la de nosotros, los mamíferos humanos, aunque un poco más rápida y acelerada en todo sentido. Su vertiginosa existencia, en general, no se extiende más allá de dos años y medio. A las seis semanas de nacidos ya están listos para aparearse, pero el coito, que solo ocurre durante el estro de las hembras, corresponde también a la brevedad de su vida: dura diez segundos, si bien el cortejo y los preliminares se alargan unos minutos. La gestación dura apenas entre 19 y 21 días, las camadas suelen ser de entre cuatro y 12 crías y el destete ocurre menos de un mes después del nacimiento. Para el tema de este artículo lo que más me interesa que tengan en cuenta es que la preñez de una ratona dura 20 días.

Tal vez la noticia más notable de esta semana –si bien a muy pocos medios parece haberles importado mucho– no tuvo nada que ver con proclamas o peleas políticas, con asuntos de sangre o de violencia, con terremotos o tsunamis, con virus o vacunas, sino con un avance científico alcanzado en un laboratorio de Israel, el Instituto Weizmann para las Ciencias, situado en Rehovot. La revista Nature acaba de publicar su asombroso adelanto, que está firmado por dos biólogos expertos en células madre, pluripotentes y en embriones: Alejandro Aguilera Castrejón (un estudiante de doctorado) y Bernardo Oldak. Por publicaciones previas de estos dos autores sospecho que son mexicanos, pero no lo sé con seguridad. Ambos fueron supervisados por el doctor Jacob H. Hanna.

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