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Por una casualidad que no pienso contar porque las casualidades son así, sin causa y sin sentido, el otro día me cayó ante los ojos un cuento que yo habré leído hará si mucho medio siglo, y que quizá por eso no tenía tan fresco en la memoria, el cual cuenta la historia de un ángel viejo con sus alas que por un extraño milagro de la vida llega a un pueblo a llevarse para el cielo a un bebé aquejado de fiebres y, a causa de su vejez y de las lluvias, se cae al patio y encalla en el lodazal sin poder levantarse ni llevarse al niño, y empieza a hacer ensalmos en una lengua extraña que no es ni arameo ni latín, sino, según concluyen los padres del bebé salvado de la muerte por la lluvia, uno de los dialectos del noruego antiguo o a lo mejor una lengua sideral que apenas se habla en planetas sin nombre conocido.
Este ángel caído, de repente graduado de curandero milagroso por las habladurías de la gente más crédula del pueblo y por la falta de médicos tratantes, atrae a “los enfermos más desdichados del Caribe”, hasta de Martinica, y entre sus pacientes llegan a que los cure “una pobre mujer que desde niña estaba contando los latidos de su corazón y ya no le alcanzaban los números, un jamaicano que no podía dormir porque lo atormentaba el ruido de las estrellas, un sonámbulo que se levantaba de noche a deshacer dormido las cosas que había hecho despierto, y muchos otros de menor gravedad”, aunque con tan mala suerte que el ángel caído hacía milagros escasos, faltos de puntería y algo demenciales “como el del ciego que no recobró la visión pero le salieron tres dientes nuevos, y el del paralítico que no pudo andar pero estuvo a punto de ganarse la lotería, y el del leproso a quien le nacieron girasoles en las heridas”.
Obstinado en cumplir mi promesa de no volver a escribir nunca de la asquerosa política local, y más bien dedicarme a hacer párrafos sin hipo, quiero decir, sin puntos, y de ser posible artículos que tengan que ver con la poesía, o sea no con lo que hago sino con lo que leo, les propongo que vuelvan a leer ese cuento perfecto que solamente un maestro de la prosa como García Márquez fue capaz de convertir en poesía, y en la más bella y necesaria porque se tiñe de risa y de maravilla, y uno pasa del asombro de la fantasía a la felicidad de la sintaxis, a la extraña inventiva de sus imágenes y a la capacidad de ver, gracias a sus palabras milagrosas, con nítida clarividencia, como en los textos sagrados, hasta las cosas que no existen, pues no es otra cosa lo que ocurre en “Un señor muy viejo con unas alas enormes” de ese genio absoluto que fue García Márquez.
Y para terminar también con poesía, aunque algo más amarga, maledicente y más teñida de inquina, déjenme que les cite dos anécdotas de Azorín, otro escritor que prodiga en su prosa poesía, tomadas de un periódico viejo, también por un azar caído entre mis manos y ante mis ojos en una librería anticuaria de Madrid, la estupenda Gulliver de la calle de León, en donde pude leer los dos párrafos que siguen, ambos de José Trinidad Martínez Ruiz, en los que sale muy maltrecha la dignidad y la fama de un par de poetastros españoles.
Cuenta la primera la historia de un poeta y viudo “que mató a su mujer a disgustos —entre ellos el de liarse con otra—, y después, cuando murió, tuvo la frescura de publicar un tomo de versos en que lloraba a lágrima viva la muerte de su cara esposa”. La segunda habla de otro poeta y respetable ermitaño “que publicó en un periódico una elegía a un hijo suyo, que le nació muerto, a consecuencia de una coz que el vate le disparó a su hembra estando embarazada”. En fin, ya ven que los poetas, pese a todo, no siempre son mucho mejores personas que los políticos de quienes me niego a revelar falsedades y trapacerías, por la muy egoísta cautela de no querer morir en el intento.
