Hace unas semanas, en una ceremonia realizada en la Sociedad de Activos Especiales, una funcionaria de esa institución tomó el micrófono para compartir una reflexión que empezó con una frase que para muchos de nosotros es familiar: “soy egresada de la gloriosa Universidad Pedagógica Nacional”. Cada vez que escucho el uso de ese adjetivo, ‘gloriosa’, en relación con la UPN, confirmo el valor que las egresadas y egresados sienten por su alma mater.
Algunos actos de habla se constituyen gracias a la repetición. Poco a poco se van gestando hábitos lingüísticos que cambian la corrección de las expresiones. Para nuestra comunidad universitaria no es un accidente ni un capricho verbal, esa constante referencia a nuestra universidad como gloriosa. Es una manera de reafirmar nuestra pertenencia a una dimensión del nosotras, nosotros, nosotres. Es una manera de resignificar lo que somos como maestras y maestros. En “Democracia y educación”, John Dewey señala que la filosofía “acentúa la influencia del ambiente intelectual sobre el espíritu; pero pasa por alto el hecho de que ambiente implica una participación personal en experiencias comunes”. Para la comunidad universitaria de la UPN, la educación solo es posible al compartir esa experiencia común de formación que hace posible el encuentro con el otro y la otra, esa constante revalorización de lo que somos como maestras y maestros.
Por algún capricho del azar, el día del maestro en el presente año coincide con una coyuntura intencionada de sectores oscuros que ven en la Universidad Pública una amenaza. Algunos de nuestros estudiantes han sido víctimas de agresiones de funcionarios públicos y privados, nuestra universidad ha sido estigmatizada en las redes sociales y algunos medios de información. Además, hace unos días fuimos víctimas de graves amenazas. Pero en medio de las dificultades y la estigmatización hemos insistido, sin dudarlo, en respaldar de manera inequívoca a las y los estudiantes de la UPN. Nuestro deber como docentes, como administrativos y como directivos, es cuidar de lo más importante: a las maestras y maestros en formación. Nuestro deber es forjar esa experiencia común que se configura en la universidad.
La mejor manera de celebrar el día del maestro en 2026 es recordarle al estudiantado que vale la pena ser maestras y maestros, que sentimos orgullo por nuestra labor, que una sociedad educada es una sociedad democrática. Como también lo recuerda John Dewey, la educación implica la liberación de la mayor diversidad de capacidades personales, lo que muestra la centralidad del rol del maestro y la maestra en la forja de una sociedad activa que recrea sus posibilidades institucionales y vitales. Una democracia genuina solo puede lograrse mediante esa liberación de las posibilidades de la experiencia humana, y eso solo es posible con el concurso activo de las maestras y los maestros.
En el año 2025 nuestra universidad cumplió setenta años. Durante estas siete décadas, las desigualdades no han cesado, los conflictos políticos han persistido y la escuela ha cargado con el peso de un país que se enseñaba diferente a como se vivía. Y, sin embargo, en medio de esa tensión, el aula fue siempre un espacio de resistencia. Un lugar donde los maestros y las maestras inventaron mundos posibles cuando el mundo real parecía cerrar todas las puertas.
Todas y todos nos hemos formado en esa compleja genealogía. Llevamos las huellas de quienes nos educaron y de las generaciones que hemos acompañado. A lo que hacemos cada día lo hemos llamado de muchas formas: lucha, oficio, arte, vocación, sueño, ciencia. Y con todo ello, desde las condiciones de cada quien, hemos apostado por construir un país más digno y seres humanos más plenos. Eso nos define. Eso nos honra.
Queridas y queridos colegas, hoy presenciamos nuevas guerras, avances tecnológicos sin precedentes, transiciones subjetivas y colectivas que nos desafían, y señales evidentes de una profunda crisis civilizatoria. Los modelos de pensamiento que nos dieron certezas durante décadas están siendo cuestionados. Y en ese horizonte incierto, el papel del maestro y la maestra no se reduce: se agranda. Porque son ustedes quienes tienen la responsabilidad —y el privilegio— de acompañar a las nuevas generaciones en la construcción de nuevas preguntas.
Por eso, ahora más que nunca, necesitamos que la sensibilidad y el conocimiento caminen juntos. Que eduquemos en el diálogo, la empatía, la igualdad y la equidad, dentro y fuera de nuestras instituciones. Con eso que logremos construir —desde cualquier disciplina, enfoque o campo de saber que habitemos— habremos cumplido nuestro papel en la época que nos tocó vivir.
A veces salimos del aula para caminar junto a las y los estudiantes. Caminamos en las salidas de campo, en las visitas a los laboratorios o los museos. En otras ocasiones caminamos en las marchas y las movilizaciones por la defensa de la educación pública; entonces la sociedad entera es un aula que nos permite reflexionar sobre las múltiples dimensiones que involucra la educación. Como Rector y como maestro, estoy orgulloso de caminar al lado del estudiantado y de mis colegas, en el aula, en el campus y fuera de él, si es preciso.
Feliz día del maestro y la maestra.
Nota 1: ¡Insistimos en la tarifa estudiantil ya!
Nota 2: Le preguntamos al Clan del Golfo que está en conversaciones socio jurídicas con el Gobierno, con la presencia de países mediadores y el acompañamiento de la Conferencia Episcopal y el Consejo Mundial de Iglesias: ¿Son ustedes quienes están amenazando a nuestros estudiantes y directivos en las universidades públicas de Bogotá?
*Rector Universidad Pedagógica Nacional.