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24 Feb 2022 - 8:50 p. m.

Y ahora vendrá una amenaza de muerte

El pasado 15 de febrero, en algún momento del día, los abogados nos confirmaron junto a mis hermanas, que la demanda se había hecho efectiva. Se trata de la demanda que con dos de ellas interpusimos en el sur de La Florida contra el coronel retirado Alfonso Plazas Vega, comandante de la Escuela de Caballería, quien estuvo a cargo de los tanques de guerra durante la retoma del Palacio de Justicia.

La demanda responde a nuestra decisión de no desistir en la búsqueda de justicia. Un derecho que se nos ha negado en Colombia durante casi 37 años. No sólo demandar por justicia es nuestro derecho, sino que hacerlo es ahora lo correcto. Puede ser que este país extranjero que mi hermana adoptó como suyo hace mucho y que ahora me acoge, reconozca y dé sustento a ese derecho.

Todavía falta mucho para la victoria, pero el simple hecho de intentarlo y que exista una demanda ya es un éxito. ¡Hay que aprender también a valorar el éxito sin victoria! El proceso será largo y difícil. Puede llevar años y estos señores demandados, que no conocen otras formas, probablemente buscarán desprestigiarnos, desacreditarnos y, quizás tenga razón mi hijo de once años, hasta amenazarnos.

Ya en su momento en Colombia quisieron desestimar nuestro reclamo mancillando la memoria de mi padre Carlos Horacio Urán. A mi madre la tildaron de desequilibrada psicológicamente. Ellos saben lo que sucedió con mi padre durante el holocausto del Palacio de Justicia, de su tortura, ejecución y desaparición, pero lo que no quieren es que la sociedad también lo sepa.

Por eso, gracias a las investigaciones de la fiscal Ángela María Buitrago y su auxiliar José Darío Cediel, así como por la publicación de los videos de Noticias Uno, cuando supimos lo que le habían hecho a mi padre, en contraste, los autores y cómplices del crimen, quisieron justificar su asesinato tachándolo de guerrillero. Además, con la pretensión de que la gente incluso los aplaudiera.

Una mentira del tamaño de sus crímenes. Mi padre siempre rechazó la violencia como forma de combatir a la violencia. Incluso, en sus escritos criticó abiertamente a los guerrilleros por su actuar mesiánico que los hacía creerse los verdaderos salvadores del mal. Él no estuvo nunca de acuerdo con el alzamiento en armas y por eso optó por las leyes, el diálogo y por la paz.

Las acusaciones de desprestigio de los militares y personajes de la extrema derecha no solo fueron falsas, sino que además develaron su mentalidad criminal desde la que han creído tener el derecho de ejecutar y torturar en nombre de la “patria”. Recibí la noticia de la demanda camino a buscar a mi niño a la escuela. Corría entre el tráfico y las noticias que enviaban mis representantes. Crío sola a mi hijo, así que independientemente de lo que ocurra en el resto del mundo o el mío propio, debo responderle a él.

Como todos los días, quería llegar a tiempo al lugar donde me esperaba, pero la ansiedad no me permitió ignorar los mensajes que llegaban con el sonidito, pin, pin, pin y la noticia de lo que estaba sucediendo. En cada semáforo o atasco aproveché para leer un pedacito y la ansiedad me desbordaba. Empecé a repasar los últimos 36 años en mi cabeza, con una mezcla de alegría, tristeza, indignación y esperanza.

Finalmente, llegué al lugar donde me esperaba. Llegué corriendo, agitada, con la cabeza en la demanda. Pensando en la imperante necesidad de intentar una vez más, en mi hermana que dice que finalmente ha empezado a procesar su sufrimiento desde el ¿por qué nosotras? Con tantos obstáculos, con tantas mentiras durante tantos años y ahora sin saber las consecuencias. Pero eso sí, pensando siempre en el rostro sonriente de mi padre. Entonces vi a mi hijo, con sus grandes ojos negros y su maleta pesada para su pequeña espalda, parado en la esquina. Me sentí mal por la tardanza.

Cuando se subió al auto le expliqué la razón de la demora. Le dije que era importante para la familia, para los que creen en la justicia y tal vez para el país. Le expliqué que quizás esta vez sí se va a reconocer que la manera de actuar de estos militares merecía ser señalada y reprochada. Pero no me reclamó por el retraso. Solo me pidió ver el comunicado de prensa de la organización de abogados que nos representan del Center for Justice and Accountability o Centro para la justicia y la responsabilidad (CJA).

Se lo compartí, sorprendida por su interés en el pasado. Lo leyó mientras avanzábamos por las calles. Cuando terminó de hacerlo comentó: “Ahora vendrá una amenaza de muerte”. Un frío bajó por todo mi cuerpo. No por la probabilidad de lo que decía, sino por constatar que su maleta de colegio es más liviana que la maleta de vida que a sus once años empieza a asumir con vehemencia. Él, tan lejos de los hechos que ocurrieron haca ya 37 años, cuando los que matan en nombre de la bandera, marcaron mi vida y, sin embargo, tan presente la guerra hoy en su vida.

Siento haber entrado en otra fase de esta búsqueda. Aquella en la que uno sabe que debe continuar, pero en la que también comprende que los hijos, que no lo han pedido, deben acarrear los efectos. ¿Es justo entonces buscar justicia cuando se convierte en una batalla que se le impone a otro? La vida demostrará que mientras no haya justicia, existe un deber y un legado de lucha por la verdad que los que nos siguen tienen derecho de conocer.

Alguna vez escribí que era hija de la guerra y mi hijo nieto del destierro. Eso no ha cambiado ni cambiará. La guerra seguirá, aunque con otro color, viviendo entre nosotros porque a sus once años son ya tres países con sus respectivas lenguas los que ha tenido que aprender. Ninguno es el propio. Nació cuando se abrió el caso en 2010. Desde entonces, esta historia lo acompaña. Como una forma de lengua materna que, aunque cambie de lugar y de idioma, siempre va con él. Las palabras usadas, las conversaciones y discusiones han sido el entorno de lo que nos hizo la guerra, la injusticia, la pérdida y también la búsqueda y la esperanza.

De manera muy generosa, me acompañó en mi proceso de escritura del libro “Mi Vida Y El Palacio”. Después, encerrado en un pequeño apartamento de Berlín durante la pandemia, no pudo escaparse a no escuchar una y otra vez cada entrevista sobre la tortura, ejecución y desaparición de mi padre, su abuelo. Sobre el engaño de un Estado mentiroso y criminal. Sobre que más debíamos hacer para que mi padre, sus compañeros, y el resto de los inocentes que fallecieron o fueron vilmente asesinados y desaparecidos no sean olvidados.

Mi hijo no solo ha sufrido una profunda inmersión en esta historia indigna, sino que por estas mismas razones dimensiona bien y mejor que muchos lo que esta demanda significa para la familia, para la historia colombiana y para la búsqueda de la paz con verdad y justicia. No tengo miedo, aunque sé bien cómo actúan a quienes siempre voy a denunciar. Solo espero que, si las amenazas vienen, como dice él, todos aquellos que hoy nos aplauden por hacerlo no se alejen y también reclamen.

Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.

Helena Uran Bidegain

Por Helena Uran Bidegain

Latinoamericanista, analista política, autora
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