Con todo respeto, como se estila en cualquier entrevista periodística, el conformismo nos persigue. Creo que la selección de Colombia en La Paz hizo valer la excusa de la altura. Y todos lo entendíamos. Sin embargo, después de observar el juego, pudimos haber ganado desde la inicial, cuando al menos dos acciones de contragolpe fueron mal finalizadas por Luis Díaz, quien no se pareció en nada al de la Copa América.
Mirando cómo era el partido y lo proponía el rival, había que seguir con la tendencia a buscar por los costados y aprovechar la velocidad del mismo Díaz u otro, y contar con el apoyo en pases al espacio de Cuadrado, Quintero o Andrade. Era trabajar con cautela, aunque con decisión, para generar juego ofensivo. Menos mal en un arranque y con demostración de fuerza Róger entró al área abriéndose paso y ubicando el remate por el poste que debía cubrir Lampe. Entonces recordé una de esas tantas frases que en el fútbol hacen carrera: “La mejor propuesta para defender una ventaja es seguir atacando”. Eso evidentemente no se ejecutó. Es más, comenzaron a ingresar volantes de primera línea (Mejía, Cuéllar) y ya Díaz había sido reemplazado por Yairo Moreno. La presencia de Falcao, para actuar en solitario, se sabía que no ayudaría mucho.
Visto así el asunto, no se perdió, sin haber podido la selección convencerse de su superioridad respecto a Bolivia en este juego, cuando bien pudo conservar la exigua ventaja. Por eso titulé esta columna “Apenas”. Sí, apenas conseguimos un punto.
Es justicia reconocer el golazo conseguido por Bolivia para el empate. Pues bien, el rendimiento de la pareja de zagueros centrales, Dávinson y Murillo, resultó bueno y, en general, con ideas defensivas y de espera no hay reproche. El reclamo va, como casi siempre, a por qué no nos atrevemos a generar juego ofensivo. Si Díaz no estuvo en su tarde, quizá haber probado con Sinisterra hubiera servido.
Insisto: debemos respetar lo que piense y diga Rueda. Pero como aquella sección de televisión del mexicano Héctor Suárez: “¿Qué nos pasa?”. Es clarísimo que los jugadores no se atreven, o son incapaces, de buscar soluciones en el campo y se pliegan a las órdenes de su cuerpo técnico. Escasea la rebeldía, en el buen sentido, y, de lejos, se nota un grupo unido, silencioso, carente de iniciativas propias. Se pudo ganar. Menos mal se empató y eso resulta un consuelo relativo. O de conformismo absoluto.