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Mientras sufrimos con las eliminatorias, quiero traer a colación reflexiones sobre el papel trascendental que deben asumir los directores técnicos en cualquier campeonato.
Para ello debo contar la historia revelada por el ya retirado José Luis Chilavert, el más representativo de los jugadores paraguayos, porque además cuando pasan los años se revelan historias que por muchas razones estuvieron escondidas en su momento.
Cuando Paraguay decidió, y seguramente por razones extrañas y económicas, contratar a Cesare Maldini, padre de Paolo, como técnico de su selección, más allá del tropiezo del idioma y el desconocimiento del medio y de la idiosincrasia de los jugadores, Maldini resultó una figura decorativa.
Cuenta Chilavert que el hombre daba determinadas instrucciones, como impedir que Francisco Arce pasara de la mitad del campo, a pesar de que él era uno de los mejores cobradores de tiros libres y especialista en ubicar centros para los buenos cabeceadores que siempre tuvieron los guaraníes.
Por eso, en un juego del mundial en Corea, Chilavert le pidió a Maldini, a nombre de sus compañeros, que se fuera a un salón contiguo al que serviría de escenario de una charla entre los jugadores. Por supuesto que hablaron en guaraní para aislar mucho más al italiano. Resolvieron jugar con tres defensas, soltar a Arce al ataque y pedir la inclusión de Pipino Cuevas, quien a la postre marcó el gol del empate y después Campos aseguró el dos a uno. En ese momento Chilavert ordenó el cambio de juego, organizando una línea de cuatro defensas para mantener la ventaja.
Lo anterior para anotar que los jugadores deben ser los primeros obligados a ‘leer’ el juego, a entenderlo y a buscar la manera de sacar provecho de sus propias condiciones. Claro que no es una invitación a la rebeldía, pero varias veces se ha comprobado que los jugadores pueden superar el pensamiento de un técnico. La historia habla de Vicente Feola, campeón como técnico de Brasil, en 1958; o de Guillermo Stabile en Argentina, quienes literalmente podían dormir, porque era tal el número de grandes jugadores que tenían, que las indicaciones de cómo jugar sobraban.
Hubo en Medellín un conversatorio de técnicos y preparadores físico-atléticos, quienes hicieron una genuina autocrítica a su oficio. Rescato algunas de las más interesantes observaciones:
“Es muy importante el manejo del grupo y cohesionarlo bien para obtener mejor estructura futbolística. Eliminar las barreras entre jugadores y cuerpos técnicos. Mejorar el discurso frente a los jugadores. Se puede jugar mucho mejor en el fútbol colombiano, pero perdimos el estilo y eso es culpa de los entrenadores. Hay que recuperar la autoridad. Falta ética profesional y comunicación entre los entrenadores. Debemos exigir más a nuestros futbolistas en su preparación y en los entrenamientos. Saber elegir es la virtud más importante del entrenador”.
Al menos esto demuestra la preocupación que en el sector de los técnicos existe. Por eso vuelvo al comienzo. Si los técnicos no son capaces, fallan, se equivocan, serán los jugadores los primeros en rescatarlos.
