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Me dio gusto y espero a quienes les guste el fútbol, alejados incluso de fanatismo, les haya brindado emociones el juego de Millonarios y Tolima, que terminó en empate. Curiosamente en el tiempo adicional, mal llamado de descuento, se vivieron con intensidad acciones dignas de un partidazo. Cuando todo parecía inclinado para Millos, dominante en casi la totalidad del tiempo, sobrevino a la salida de un tiro de esquina, ejecutado por Yohandry Orozco, un enredo que terminó cuando Angulo consiguió el empate para el líder Tolima.
Me dio gusto ver cómo el sector de volantes de Millos trabajó colectivamente. Dos de primera línea, Giraldo y Vega, cumpliendo su papel de marca y hostigamiento. Ttarjeta amarilla que no le falta paradójicamente a Giraldo, que sabe pegar e interrumpir. Esta vez le dieron como a violín prestado. Quizá para que sepa lo que sienten sus rivales. Pero la clave del control del juego, sobre todo en la inicial, fue la eficaz sociedad establecida por David Macalister Silva y Daniel Ruiz. Casi que se recrearon juntándose por la izquierda, aprovechando eso sí el mal partido de Cataño, aislado y sin comprender cómo juntarse con Nieto. Es más, creo que su técnico Torres lo dejó mucho tiempo en el terreno. Cuando Fernando Uribe se aproximó al arco dispuso de al menos dos oportunidades de gol, amén de los buenos reflejos de Cuesta. Tolima, que lucía cansado y desarticulado, consiguió una opción y la aprovechó en medio de la sorpresa, recurriendo a una verdad amarga: no siempre gana quien tiene más posesión de balón o desaprovecha momentos delante del arco contrario.
Me dio gusto ver cómo Juan Fernando Caicedo, con su veteranía y en solitario, enfrentó a Llinás y Vargas, ofreciendo ejemplo de combatividad a jugadores más jóvenes como Cataño y Estupiñán. Corrió todo lo que pudo y su ejemplo es para reconocer y aplaudir. Lo mismo quisiera anotar sobre Daniel Ruiz, jovencito atrevido para encarar y dispuesto a recibir juego fuerte. Este bogotano es sin duda alguna una revelación de la temporada.
Este Grupo B ofrecerá incógnitas hasta el final. Tres equipos disponen de elementos para quedar en primer lugar. Apretado para unos, aunque el que tenga más aire para aguantar el trajín y esté más concentrado en su plan de juego será el ganador.
Me dio gusto ver cómo las finales atraen a los hinchas. En el Nacional-Cali estuvieron casi los 30 mil espectadores. El Campín lucía repleto de la mancha azul y el juez Roldán, a diferencia de sus colegas, no entra en el juego de la conversación y parloteo con los jugadores. Eso lo entienden los jugadores, que saben a quiénes mortifican y enredan la pita. Siempre dije que el jugador debe mirar al juez con respeto, pero casi enemigo. Eso de las fotos y las sonrisas las cambian los árbitros por tarjetas. Además, ellos no están para educar al jugador, sino para aplicarle el reglamento y nada más. La educación corre por cuenta de los padres o los entrenadores. Tantas explicaciones y señales en un juego conducen a un mal camino.
Me dio gusto ver partidos así, con intentos de buen juego. Si no lo hay, poco importa, mientras los equipos entreguen todas sus energías y ganas. Jugar mal o bien es otro asunto.
