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Durante ocho décadas, el mundo ha fingido que los conflictos internacionales se resuelven en nombre de principios universales. La Organización de las Naciones Unidas nació para eso: convertir la fuerza en derecho, el veto en excepción y la guerra en último recurso. Hoy, ese pacto está siendo reemplazado por algo mucho más simple —y más peligroso—: un club privado de matones poderosos.
La creación del llamado Board of Peace por parte de Donald Trump es el síntoma más nítido del paso de un orden internacional basado en reglas imperfectas a un sistema de acuerdos personales, pagos de entrada y servilismo político. Formalmente, el Board se presenta como un mecanismo para administrar la posguerra en Gaza; en la práctica, funcionará como un sustituto de la ONU que no depende de la Asamblea General, no responde a tratados internacionales, no tiene control judicial ni rendición de cuentas.
Su carta constitutiva nombra a una sola persona con poder decisorio pleno y vitalicio: el propio Trump. Los miembros permanentes deben aportar mil millones de dólares a un fondo bajo control del presidente del Board; quienes no paguen, acceden a un asiento temporal. No se trata de compromisos jurídicos sino de una transacción: acceso a la mesa a cambio de dinero o lealtad. La paz como franquicia.
Entre quienes han aceptado la invitación personal se destacan Lukashenko (Bielorrusia), Aliyev (Azerbaiyán), Orbán (Hungría), Tokayev (Kazajistán) y Mirziyoyev (Uzbekistán), dictadores de extrema derecha; junto a ellos aparecen potencias menores con intereses específicos en protección por parte de Estados Unidos como bin Zayed (Emiratos Árabes) Phú Trọng (Vietnam), Al Khalifa (Bárin) o Mohammed VI (Marruecos); aliados ideológicos periféricos que buscan visibilidad, como Milei (Argentina), Peña (Paraguay) o Rama (Albania), más el yerno de Trump y otros funcionarios suyos.
El denominador común no es la defensa del derecho internacional, sino la disposición a operar en un sistema donde la legitimidad se compra, la lealtad se transa y la fuerza sustituye a las reglas. Por eso mismo, muchos personajes poderosos y oscuros están dispuestos a participar. No porque crean en la legitimidad del Board, sino porque entienden que el mundo ya no se rige por principios, sino por dólares y correlaciones de fuerza.
Este giro tiene consecuencias directas para Colombia. El multilateralismo —con todos sus defectos— ofrecía un mínimo de protección frente al abuso del poder; los clubes privados no. En ellos no hay derechos, solo favores; no hay reglas, solo excepciones; no hay igualdad soberana, solo un club de la infamia.
Quizás Trump tenga razón en que la ONU no funciona, pero la alternativa no es privatizar la paz, porque entonces la guerra deja de ser un fracaso: se convierte en un negocio.
* Director de Razón Pública.
