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El extraño patriotismo de Abelardo

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Hernando Gómez Buendía
06 de septiembre de 2026 - 05:06 a. m.
“Colombia no se vuelve más soberana porque su presidente desafíe a Washington, ni más próspera porque lo obedezca”: Hernando Gómez Buendía.
“Colombia no se vuelve más soberana porque su presidente desafíe a Washington, ni más próspera porque lo obedezca”: Hernando Gómez Buendía.
Foto: EFE - Lenin Nolly
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Durante toda la campaña, Abelardo de la Espriella habló de patria. La palabra apareció una y otra vez en sus discursos, en sus consignas y hasta en el nombre de su movimiento. Pero la consecuencia más importante de su elección ha sido estrechar la relación entre Colombia y Estados Unidos. Esto no es un elogio ni una crítica. Es un hecho.

La paradoja merece atención porque detrás de los discursos patrióticos hay una realidad menos heroica: Colombia es un país soberano, pero depende completamente de los gringos. Sin Estados Unidos caerían nuestras exportaciones, aumentaría el costo de la deuda pública, el peso perdería valor, los bancos no podrían financiarse, los fondos de pensiones quebrarían, aumentaría el desempleo y sería mucho más difícil combatir a los grupos criminales.

Por eso resulta curioso que el candidato que más habló de la patria sea precisamente quien ha mostrado mayor sumisión al presidente gringo que más desprecio ha mostrado por los extranjeros.

Petro, en cambio, confundió las rabietas con la soberanía. Discutió inútilmente con Estados Unidos sobre drogas, Venezuela, Gaza, migración y política ambiental. Le dijo a Trump: “A mí no me amenace. Aquí lo espero, si quiere”. Y después de la sacada de Maduro advirtió que, si los gringos intentaban algo parecido en Colombia, volvería a tomar las armas “por la Patria”.

Abelardo saltó al extremo contrario. Trump intervino abiertamente a su favor en la campaña. De la Espriella respondió que Trump era “una inspiración” y que juntos combatirían a la “izquierda radical”. Apenas fue elegido, Colombia se sumó al Escudo de las Américas, autorizó operaciones militares conjuntas y obtuvo nuevos créditos del FMI, el Banco Mundial y el BID. Marco Rubio viene la próxima semana. Trump acaba de recordar que apoyó a “El Tigre” y de incluir su victoria entre las elecciones latinoamericanas donde Estados Unidos “ayudó a producir el resultado”.

Los dos extremos parten del mismo error. Colombia no se vuelve más soberana porque su presidente desafíe a Washington, ni más próspera porque lo obedezca.

Otros países aprendieron a manejar mejor una relación inevitablemente desigual. México negocia con Estados Unidos porque sabe cuánto depende de ese país y cuánto depende Estados Unidos de México. Canadá puede enfrentarse a Washington y seguir siendo su aliado. India se acerca cuando le conviene y toma distancia cuando le conviene. Israel y Arabia Saudita dependen de Estados Unidos para asuntos decisivos y, sin embargo, defienden sus propios intereses cuando chocan con los de Washington.

Eso es lo que Colombia no ha aprendido. La soberanía real depende de lo que un país sea capaz de hacer. De producir bienes y servicios que otros quieran comprar, generar conocimiento, tener empresas capaces de competir, instituciones que funcionen, una fuerza pública eficaz y ciudadanos con oportunidades. Cuanto mayores sean esas capacidades, menos tendrá que obedecer y más podrá negociar.

Por eso importa poco que Abelardo sea amigo de Trump. Lo importante es si esa amistad sirve para abrir mercados, conseguir tecnología y aumentar nuestra capacidad de negociación. Si sirve para que Colombia diga sí cada vez que Trump diga algo, tendremos otro lambón como Bukele, Milei, Noboa, Rama, Kast, Paz, Orbán, Subianto y Al Khalifa.

Abelardo hizo campaña en nombre de la patria. Ahora tendrá que demostrar que su amistad con Trump sirve para que Colombia necesite menos de Estados Unidos. Esa será la verdadera medida de su patriotismo.

* Director de “Razón Pública”.

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