Las elecciones están tomando un rumbo inquietante: los tres punteros son personas que miran el país desde el estrecho corredor de su propia vida. Eso no es culpa de ellos. Y este, precisamente, es el problema. Iván Cepeda mira a Colombia desde la violencia estatal y la exclusión. Paloma Valencia la mira desde la defensa del orden y la propiedad. Abelardo de la Espriella la mira desde la rabia convertida en espectáculo. Cada uno expresa emociones reales de un pedazo de Colombia. Por eso tienen tanto apoyo.
Cepeda y Paloma son personas decentes. Uno puede disentir de ellos sin negar su honestidad intelectual o su sentido del deber. Abelardo no pertenece a esa categoría. Pero el problema de fondo no es moral: es mental.
Los tres piensan como piensa la gente común porque vienen directamente de sus propias tribus emocionales y nunca tuvieron que administrar la complejidad. Ninguno ha gobernado una gran ciudad, una región compleja o una burocracia gigantesca. Ninguno ha tenido que arbitrar intereses incompatibles, cuadrar presupuestos imposibles, manejar sindicatos, policías, empresarios, ambientalistas, transportadores y jueces al mismo tiempo. Ninguno ha tenido que ver el país completo. Por eso terminan viendo apenas un pedazo de Colombia y confundiendo ese pedazo con la nación entera.
Ese es justamente el valor del centro, aunque hoy esté desprestigiado. Claudia López y Sergio Fajardo podrán ser fríos, tecnócratas o poco emocionantes, pero ambos tienen algo cada vez más raro en la política: capacidad de entender la complejidad y experiencia administrativa.
No es casualidad que sean los únicos candidatos con doctorado. Los dos saben que los problemas complejos no tienen soluciones simples. Los dos entienden que gobernar consiste precisamente en manejar tensiones, costos, incertidumbres y contradicciones. Claudia gobernó Bogotá. Fajardo gobernó Medellín y Antioquia. Los dos aprendieron una lección elemental que los extremos jamás entienden: gobernar no consiste en gritar las verdades de una tribu, sino en mantener funcionando una sociedad llena de intereses, miedos y necesidades contradictorias.
Los extremos ofrecen identidad. El centro ofrece realidad. Por eso tanta gente desprecia al centro: porque obliga a reconocer que el país no cabe dentro de un solo reclamo, una sola ideología o una sola biografía.
Gobernar exige salir de sí mismo. Exige entender que el adversario también representa problemas reales, angustias reales y personas reales.
El problema de Colombia no es que existan la izquierda o la derecha. Las democracias necesitan ambas. El problema aparece cuando la política queda en manos de dirigentes incapaces de ver más allá de su propia experiencia emocional. Ahí comienza el fanatismo. Y ahí comienza también la incompetencia.
Después de Petro, Colombia no necesita un vengador justiciero, una madre moralista, ni un macho alfa. Necesita adultos.
* Director de “Razón Pública”.