La captura de Nicolás Maduro no clausuró una etapa ni abrió una transición: fue un salto al vacío. Y en ese vacío no hay un proyecto ganador, sino tres proyectos incompatibles. Ninguno puede imponerse sin recurrir a la fuerza, pero ninguno dispone de la fuerza suficiente.
El primer proyecto es el de Donald Trump. Parte de una idea simple y equivocada: que el poder se puede ejercer a distancia. Presión militar, control del petróleo, amenazas explícitas y ningún compromiso de ocupación: Trump no está dispuesto a enviar cincuenta o cien mil marines a Venezuela porque si lo hace perderá el apoyo de su base electoral, campesinos, veteranos y obreros que ponen los muertos en las guerras extranjeras.
Pero el poder real no consiste en intimidar desde afuera, sino en imponer reglas todos los días. Sin presencia territorial ni administración directa, ese proyecto puede castigar, pero no gobernar. Puede desorganizar el sistema, pero no reemplazarlo. Trump confunde la represión episódica con la autoridad política.
El segundo proyecto es el de la oposición democrática. Tiene legitimidad electoral, validez moral y apoyo internacional. Carece, sin embargo, del control efectivo de las armas. Supone una transición sin Ejército, una obediencia espontánea de los mandos militares o una protección extranjera que nadie quiere asumir abiertamente. Es un proyecto correcto en el papel, pero desnudo en la práctica. La historia latinoamericana es clara: la legitimidad sin fuerza no gobierna, se limita a protestar desde el exilio.
El tercer proyecto es el del chavismo sin Maduro. No promete reconstrucción ni salida: promete resistencia. Se apoya en el nacionalismo activado por la intervención extranjera, en la dispersión del poder armado y en la administración del miedo. No pretende restaurar el Estado, sino sobrevivir dentro de su descomposición. No aspira a mandar, sino a impedir que otros manden. Su lógica no es la del orden, sino la del control fragmentado.
Estos tres proyectos se anulan mutuamente. El proyecto de Trump supone sumisión sin tropas. El proyecto opositor supone transición sin Ejército. Y el proyecto chavista supone resistencia sin legitimidad. Ninguno de los tres es viable. Y como ninguno puede imponerse políticamente, todos empujan —directa o indirectamente— hacia la fuerza. Pero esa fuerza no está centralizada. No hay mando único, ni frentes definidos, ni guerra civil clásica. Lo que emerge es algo más corrosivo: violencia intermitente, localizada y administrada. Choques entre facciones, represión selectiva, control armado de territorios, criminalización de la disidencia. La violencia no estalla: se instala. No resuelve: se reproduce.
Ese es hoy el escenario más probable para Venezuela. No porque alguien lo haya elegido, sino porque nadie puede evitarlo. Y esto apenas alarga la ya larga tragedia del país hermano.
* Director de Razón Pública.