El próximo 21 de junio, millones de colombianos acudirán a las urnas para impedir que la otra mitad del país gobierne. Los partidarios de Cepeda votarán para impedir que De la Espriella llegue a la Presidencia. Los partidarios de Abelardo votarán para impedir que llegue Cepeda. Ambos creen que el triunfo del otro sería una desgracia nacional. Y tienen razón.
Esta es una elección entre dos gobiernos desastrosos. El de Cepeda serían cuatro años más de peleas con el sector privado, movilización popular permanente y reformas sociales financiadas con un déficit fiscal y una deuda externa insostenibles. El de Abelardo serían cuatro años de espectáculo, insultos y medidas milagrosas o inconstitucionales que agravarán los problemas en lugar de resolverlos.
Ninguno de los dos está buscando al centro. Cepeda apuesta a movilizar a los pobres que normalmente no votan. Abelardo apuesta a movilizar a quienes temen otros cuatro años de petrismo. Los candidatos derrotados siguen hablando de acercamientos o poniendo condiciones. Da igual. La segunda vuelta ya no consiste en conquistar electores moderados: consiste en movilizar emociones opuestas.
Vamos a un choque frontal entre dos Colombias, y cada una cree que la decisión de la otra es ilegítima. Para la derecha, el votante de izquierda es un ignorante o está siendo comprado; para la izquierda, el votante de derecha es un fascista o un rico aferrado a sus privilegios. Cada bando encuentra una explicación para el error del otro. Miedo, ignorancia, manipulación, resentimiento, compra de votos, coacción armada. Las explicaciones sobran. Lo que escasea es algo más simple: admitir que la otra mitad del país existe. Que son personas con problemas e intereses tan legítimos como los nuestros. Que tienen exactamente el mismo derecho que nosotros a equivocarse.
La democracia no exige que seamos iguales ni que pensemos igual. Exige aceptar que el voto del más educado y el del más ignorante, el del más rico y el del más pobre, el del más simpático y el del más detestable tienen exactamente el mismo peso y deben contarse exactamente igual. Por eso la verdadera prueba no será el 21 de junio: será el 22.
Si gana Abelardo, la izquierda tendrá que aceptar que millones de colombianos votaron legítimamente por él. Si gana Cepeda, la derecha tendrá que aceptar exactamente lo mismo.
La otra mitad del país no es un error que deba corregirse. Es Colombia.
* Director de “Razón Pública”.