Gustavo Petro tiene dos caras. La primera es conocida y ruidosa: el Petro agresivo, dogmático y autoritario; el que convierte cualquier crítica en provocación y cualquier desacuerdo en conspiración. Este Petro es un problema de carácter.
La segunda es menos visible, pero más decisiva: el Petro convencido de encarnar al “pueblo”, la nación verdadera frente a una nación falsa, corrupta o ilegítima. Este Petro no es un problema de modales, sino de política.
Reducir todo a la patanería es un error cómodo. Permite indignarse sin pensar y burlarse sin discutir. Sobre todo, evita la pregunta central: ¿qué idea de país está en juego...
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