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Nuestra arma secreta

Hernando Gómez Buendía

28 de junio de 2026 - 12:06 a. m.

Los partidarios de Abelardo de la Espriella celebran su victoria. Sus adversarios la lamentan. Ojalá ambos estén equivocados.

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Abelardo prometió transformar el país en noventa días. Es la vieja ilusión del hombre providencial: creer que un solo gobernante puede cambiar el destino de un país. Pero la historia enseña que el destino de una democracia no depende de las virtudes de un presidente. Depende de algo mucho más importante: de la capacidad de las instituciones para limitar su poder. Por eso la principal defensa de Colombia frente a los riesgos del nuevo gobierno no será la oposición, ni los medios de comunicación, ni las protestas callejeras. Nuestra principal defensa será la separación de poderes.

La idea parece simple. En realidad, es una de las invenciones más extraordinarias de la historia de la humanidad. Consiste en aceptar una verdad elemental: los seres humanos se equivocan. También los presidentes. Sobre todo, los presidentes.

Por eso las democracias distribuyen el poder entre distintas instituciones. El Congreso legisla. Los jueces controlan la legalidad de las decisiones. Los organismos de control vigilan al Ejecutivo. Los gobiernos territoriales conservan espacios de autonomía. Los medios investigan. Los ciudadanos votan. Cada institución limita a las demás.

El sistema parece ineficiente. Y lo es. Pero precisamente allí reside su virtud. La lentitud, los controles y los obstáculos existen para impedir que los errores de una sola persona se conviertan en errores de toda la sociedad. Abelardo y sus seguidores consideran que esos controles son un obstáculo. Petro y sus seguidores pensaban exactamente lo mismo. Ambos están equivocados.

La separación de poderes fue diseñada para protegernos de los gobernantes que nos gustan y de los gobernantes que nos disgustan. La concentración del poder siempre parece atractiva cuando gobiernan los nuestros. El problema aparece cuando dejan de gobernar los nuestros.

Por eso la verdadera pregunta no es si Abelardo respetará las instituciones. La pregunta es si las instituciones colombianas serán suficientemente fuertes para decirle no a un presidente elegido con la promesa de hacer milagros.

Esa es nuestra arma secreta. No la inventó Abelardo. No la inventó Petro. No la inventó Uribe. No la inventó Santos. La inventó la modernidad. Y gracias a ella las sociedades libres han aprendido una lección fundamental: ningún gobernante es suficientemente sabio para gobernar sin controles y ningún ciudadano es suficientemente libre cuando el poder se concentra en una sola persona.

Las autocracias prometen milagros. Las democracias construyen controles. Esa es la diferencia.

* Director de Razón Pública.

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