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Nuestra imbecilidad moral

Hernando Gómez Buendía

11 de octubre de 2019 - 10:40 p. m.

Donald Trump ha llevado el sofisma de la falsa equivalencia hasta un nivel sin precedentes en la historia.

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Frente a las cámaras de televisión, a la vista del mundo, el presidente de Estados Unidos declara con soberbia que cometió el delito por el cual el Congreso está a punto de juzgarlo. Dice que va a seguir cometiéndolo. E invita abiertamente a varios gobiernos extranjeros a que le ayuden a seguir haciéndolo.

Su argumento es muy sencillo: él tan solo está cumpliendo el deber de pedir que se investigue a dos políticos corruptos. Hillary Clinton, por haber contratado a una empresa de Ucrania para atacarlo con fake news en las pasadas elecciones. Y Joe Biden (por pura coincidencia, el más probable rival de Trump en estas elecciones), por haber exigido la destitución del fiscal que investigaba a su hijo como miembro de la junta directiva de una empresa petrolera que robó mucha plata en Ucrania y en China. Un inglés y un australiano ayudaron también a las fake news de Hillary y por tanto estos países también deben denunciarla.

Lo único cierto de todo lo anterior es la presencia del fulano en la junta directiva, y la petición de Biden, como vicepresidente de Obama y en representación de la OTAN, de que el fiscal fuera destituido porque no estaba investigando a ninguna de las muchas empresas corruptas de Ucrania. Lo demás son inventos enfermizos de Trump y sus compinches, que han sido investigados hasta la saciedad por la CIA, el FBI y los fiscales de Ucrania, Reino Unido y Australia sin encontrar ni la más mínima prueba.

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No importa: los seguidores de Trump están seguros de que Hillary es corrupta, Biden es corrupto, los demócratas, todos, son corruptos. En la historia de Estados Unidos, ningún candidato y ningún presidente ha sido tan corrupto como Trump, estafador de profesión, ahora traficante de influencias, abusador de mujeres, ególatra y mentiroso empedernido. No importa: los Clinton son corruptos, los Biden son corruptos.

El truco no funcionaría si no fuera por los periodistas, fiscales y personas honestas e “imparciales” para quienes una falta es una falta. Personas como el director del FBI cuando anunció que investigaba a Hillary por usar su computador personal para comunicaciones oficiales, y ese anuncio, a pocos días de las elecciones, le dio a Trump la victoria. Una falta es una falta, y el señor del FBI escribe libros, se lava las manos y repite que cumplió con su deber.

Es la falsa equivalencia. Lo que en Colombia hacen cada día los periodistas independientes, imparciales y honestos, que denuncian con el mismo vigor e igual escándalo al que dijo tener un diploma que no tenía y al autor de una masacre, al político que se robó unos millones y al que se robó unos miles de millones, al que sus fuentes le dicen que es un bandido y al que ha sido condenado por los jueces.

Es la imbecilidad moral convertida en el arma y la bandera de los buenos, de los que luchan sin cuartel contra la corrupción, de esos mismos que piden pena de muerte o cadena perpetua para el que viola niños, pero no para el que asesinó campesinos detrás de un uniforme; el editorialista que denuncia la fuga de Aída Merlano, pero guarda silencio sobre las maniobras billonarias de los grandes “empresarios” de Colombia; el señor y los jóvenes que dicen que “todos los políticos son corruptos”, o los que dicen que el secuestro justificó a los paramilitares, o que las injusticias de Colombia justificaron los crímenes de las guerrillas, o el gran líder que no les puede perdonar a las Farc y sin embargo perdonó a las Auc.

Sin entender que unos males son más malos que otros, y que ningún mal justifica otro mal, no hay moral, ni hay adultos, ni hay sociedad, ni hay futuro posible.

* Director de la revista digital Razón Pública.

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