1 Mar 2017 - 2:00 a. m.

Nuestros buenos y malos periodistas

Los mejores periodistas son imparciales y los peores están parcializados. Pero ninguno de los dos ayuda mucho a la verdad.

Este hecho es evidente en relación con los parcializados, porque tienen un sesgo, un interés o un soborno para tapar todo lo que no les convenga. Y aquí no entran apenas las noticias pagadas, los “autoreportajes”, o la vedette de radio financiada por Pacific Rubiales. Entran también y de manera aún más dañina los silencios profundos de lo que antes se llamaba —y sigue siendo— “la gran prensa” de Colombia.

Por ejemplo, la que pasó 50 años diciendo que los guerrilleros eran criminales y ahora lleva seis años mostrando que eran ideólogos. La que denuncia cada día a los políticos corruptos, pero no ve a los empresarios corruptores. La que descubre chanchullos millonarios en la DIAN, pero no  habla de las exenciones billonarias que Uribe y Santos les han dado a las mineras. La que expresó el rechazo de las víctimas a la impunidad para las Farc, pero no les da voz ahora que se trata de los militares.

La prensa de los Gossaín o los julitos que fueron furibistas y son antiuribistas. La de los forjadores de opinión independientes que al mismo tiempo son Santos y López y Samper. En fin, la de los periodistas que son parte del poder económico y político o están a su servicio.

Hay sin embargo muchos periodistas que se esfuerzan de veras por no tomar partido.  De hecho, la imparcialidad se considera como un valor cardinal del oficio y es lo que les enseñan en las universidades. Es el principio, casi sagrado, de mostrar “las dos caras de la moneda”, o de darles el mismo espacio a las dos partes. 

Pero la cosa no es tan sencilla, y esto empieza a notarse en la versión criolla de la imparcialidad. Es la del reportero que transcribe o resume por igual la declaración del fiscal y la del acusado. Es el “programa de opinión” donde  llevamos 15 años de tener a un furibista y un antiuribista agarrados de las mechas a propósito del tema del momento. Es un tiempo igual para el señor del Sí y el del No, para los que defienden las uniones gay y los cristianos fundamentalistas, los que creen o no creen en el cambio climático, o en las cifras sobre pobreza, o en si Santos sabía lo de Prieto, o en cualquier otro asunto.

El problema consiste en que unas cosas son ciertas y otras no son ciertas en la vida: Santos sabía o no sabía lo de Prieto, la pobreza aumentó o disminuyó, el cambio climático es una realidad o no lo es, la Constitución ampara o no a los gay, cada cosa que dicen los del No y los del Sí es verdadera o es falsa. 

El periodismo imparcial es la falsa equivalencia entre verdad y mentira. Son las “mesas de trabajo” y los debates con audiencia masiva donde los colombianos hemos aprendido que todo es opinable, o que todas las cosas son igual de ciertas, o de falsas, o de justas, o de injustas, o de relevantes, o de irrelevantes, o de puras peleas entre los políticos. Es el periodismo —el periodismo bueno— como mensajería o, en el mejor de los casos, como mediación.

Y sin embargo el periodismo de verdad es simplemente el que busca la verdad.

* Director de la revista digital Razón Pública.

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