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Petro, o la revolución cultural

Hernando Gómez Buendía

14 de agosto de 2022 - 12:30 a. m.

Más que cualquier otra cosa, el proyecto Petro-Márquez es una revolución cultural. Por eso pasamos de gobiernos de técnicos obtusos a un gobierno de intelectuales e idealistas.

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Los técnicos son personas que conocen un oficio o un asunto especializado (transporte, minería, derecho…) y proponen o logran mejoras marginales en la gestión del sector. Los intelectuales parten de una visión global de la sociedad y aspiran a cambiar sus fundamentos.

Claro está que no todos los ministros del pasado fueron técnicos: hubo muchos ineptos y otros muchos políticos de oficio. Claro está que no todos los ministros de Petro son intelectuales: los hay ineptos y los hay politiqueros. Y claro está que Petro no es el primer presidente intelectual: hemos tenido algunos con mejor educación y mayor vuelo cultural.

La diferencia es que ahora se propone un cambio en la relación entre el Estado y la ciudadanía que abarca todos los espacios de esa relación y ha sido encomendada a personas con visiones del mundo muy distintas de las tradicionales: por eso la revolución cultural.

El contraste más obvio se da entre las cabezas de gobierno. Duque era un abogado metido a economista que trató de mantener las cosas como estaban y no logró entender que el país había cambiado. Petro es un economista de pregrado que sin embargo lleva años de conversar sobre problemas hondos del país y que por eso tiene un diagnóstico y un remedio propios para cada uno de los males del país.

Marta Lucía Ramírez es una abogada con carrera burocrática, Francia Márquez es la voz viva de una Colombia distinta y excluida.

No haré la lista de los ministros de Duque, algunos competentes, algunos desastrosos y todos o casi todos desconocidos antes y después de ser ministros. Tampoco haré la lista de ministros de Petro, algunos con posgrados de verdad, casi todos conocidos o curtidos en la defensa de las causas progresistas, “intelectuales” que aspiran a una Colombia que no es la que hemos tenido.

Sus apuestas son muy altas: Márquez o la igualdad étnica, de género y social; Leyva o la paz total; Corcho o la salud a cargo del Estado; Ferrari o los banqueros al banquillo; Osuna o la humanización de la justicia; Velásquez o la civilidad de los militares; Ramírez o los derechos del proletariado; Vélez o las víctimas de las mineras; Umaña o el no a los TLC; Muhamad o el ambiente por encima del petróleo; Velasco o la vivienda popular; Ariza o los artistas al poder, Urrutia o los deportistas al poder… Es la otra Colombia, la diversa, la que no cabía, la que sentía y resentía un Estado displicente o antagónico, la que reclama, necesita y merece una mejor manera de vivir y convivir.

Yo creo que Petro se equivoca en el diagnóstico de los males del país, se equivoca en su manera de entender la democracia, se equivoca en la historia de la guerra y de la paz, se equivoca en la Constitución del 91, se equivoca en el lugar que ocupamos en el mundo. Creo que Francia Márquez se equivoca en su manera de entender la ciencia o en sus creencias sobre el medio ambiente.

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Creo además que el gobierno Petro-Márquez tiene demasiadas prioridades y ha despertado demasiadas esperanzas. Creo que sus ministros tendrán grandes desacuerdos. Creo que subestiman seriamente las muchas restricciones que tendrán —empezando por los 10,6 millones de asustados que votaron contra Petro y por el déficit fiscal—.

Creo que un sueño mal conducido puede acabar en desastre. Y sin embargo yo también tengo ese sueño.

* Director de la revista digital Razón Pública.

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