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Volvimos a ser colombianos

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Hernando Gómez Buendía
23 de agosto de 2026 - 05:06 a. m.
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Hay momentos en que una nación se reconoce en el rostro del otro. El terremoto del 10 de agosto hizo temblar también, por unas horas, las fronteras invisibles que nos dividen.

El terremoto convirtió a millones de desconocidos en compatriotas. El dolor de una familia en Chocó, en el Valle o en la zona cafetera pasó a ser una herida de todos. Y cuando sentimos el dolor del otro como propio, aparece el altruismo, el impulso de ayudar. El altruismo nace de la reacción espontánea ante el dolor y convierte la compasión en solidaridad. Esta reacción natural contiene una lección moral que deberíamos conservar cuando desaparezcan las cámaras y termine la emergencia.

La solidaridad puede convertirse en una manera cotidiana de vivir: cuidar al anciano, auxiliar al desconocido, tender la mano al que perdió el empleo, escuchar al que está solo, proteger al vulnerable. Cada uno vive su propia vida, pero esa vida depende de muchas otras. Somos individuos y somos, al mismo tiempo, seres profundamente necesitados de los demás.

El terremoto nos recordó esa condición elemental. Un edificio, una cuenta bancaria, un cargo público, una profesión o un apellido pueden marcar enormes diferencias en nuestras vidas. Un movimiento de la tierra revela algo más profundo: todos somos vulnerables. Todos podemos necesitar una mano que nos saque de los escombros, una puerta que se abra, un plato de comida o simplemente alguien que permanezca a nuestro lado.

El altruismo es también una forma inteligente de construir sociedad. Cada acto de ayuda resuelve una necesidad y, al mismo tiempo, crea confianza. Colombia necesita urgentemente esa confianza. Necesitamos sentir que podemos discrepar y seguir siendo compatriotas, que quien piensa distinto sigue formando parte de nuestra comunidad y que el dolor ocurrido a cientos de kilómetros también nos pertenece.

Ahí está la lección más profunda del terremoto. La tragedia despertó una solidaridad que ya existía entre nosotros. Durante unos días volvimos a experimentar algo que la polarización, la desigualdad y la violencia suelen ocultar: pertenecemos a una misma comunidad y nuestras vidas están entrelazadas. Llegará el día en que los escombros hayan sido retirados, las carreteras estén reconstruidas y las familias vuelvan a tener un hogar. Entonces comenzará una tarea más larga: conservar algo de lo que apareció entre las ruinas.

Reconstruir Colombia significará más que levantar paredes. Significará reconstruir vínculos. Aprender a cuidarnos. Entender que una sociedad se mide por su riqueza y también por la manera de tratar a los que no tienen nada. Y si algo puede quedar en pie después de esta tragedia, que sea precisamente eso. Que pase el terremoto y permanezca lo mejor que despertó en nosotros.

* Director de “Razón Pública”.

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