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Hoy nos dedicaremos a reflexionar en torno al presidente Alberto Lleras Camargo (1906-1980). Lo conocí en 1957, cuando al descender de los riscos uniandinos se puso al frente del movimiento que más adelante definiría la configuración del Frente Nacional. Para la presente semblanza me ocuparé de los siguientes ítems: el peso de la tradición y la búsqueda de una vocación; la evolución de una carrera; el periodismo y la política; el forjador del Frente Nacional; la política y eticidad; su obra escrita; un balance para la juventud contemporánea; y sus últimos días. Veamos.
El peso de la tradición y la búsqueda de una vocación. Descendiente de servidores públicos (educadores, militares, sacerdotes y funcionarios), nació en Bogotá, el 3 de julio de 1906, y allí murió a la edad de ochenta y cuatro años. Desde temprana edad fue forjando su vocación, practicando en periódicos estudiantiles y ulteriormente en los más importantes de Colombia y Argentina para culminar en la fundación de una gran revista: Semana. Su pasión por la lectura lo llevó a adquirir una amplia cultura, que complementaría con su impecable dominio de la palabra hablada y escrita. Sabemos que hizo parte la revista Los Nuevos con Ricardo Rendón, Jorge Zalamea, León de Greiff y Luis Vidales. Cuando tuvo veinte años buscó otros rumbos y, gracias a una pequeña herencia, se dirigió a Buenos Aires. Allí colabora con dos significantes diarios y, merced a su experiencia periodística acumulada, al regresar a Colombia es designado Jefe de Redacción de El Tiempo, dirigido entonces por Eduardo Santos. Más adelante, se casó con la magnífica ciudadana chilena Bertha Puga y tuvo cuatro hijos: Consuelo, Alberto, Ximena y Marcela.
Evolución de una carrera. Hecho a pulso, desarrolló su excepcional inteligencia e intuición política. En su dilatada vida pública, fue representante a la Cámara, secretario general del Partido Liberal, director de los diarios El Liberal, La Tarde y El Independiente, y colaborador de El Espectador y El Tiempo, así como de La Nación y El Mundo de Buenos Aires. Fue también director de la revista Visión, fundador de la revista Semana, presidente de la Asociación de Radiodifusión, concejal de Chía, diplomático en Uruguay, secretario general de la Presidencia de la República, ministro de Gobierno, de Educación y de Relaciones Exteriores, senador, embajador en Washington, director de la Unión Panamericana, primer secretario general de la OEA, rector de la Universidad de los Andes, primer designado y presidente de la República (1945-46 y 1958-62).
Periodismo y política. Habiéndose consagrado desde su juventud al periodismo, comenzó a intervenir seriamente en política a partir de 1930. A raíz del triunfo lopista de 1934 se comprometió plenamente con su opción de cambio. Es sabido que para la segunda elección de López (1942-46) se convirtió en un personaje político que contaba con la confianza plena del presidente. Al acceder al Solio de Bolívar en 1945, en condiciones políticamente conflictivas para el Partido Liberal, preside el debate por la presidencia de 1946, dando plenas garantías a los contrincantes Jorge E. Gaitán, Gabriel Turbay y Mariano Ospina. En ese año, entregó el poder al triunfador legítimo, Mariano Ospina Pérez.
Como presidente constitucional para el período 1958-62 buscó que sus actos estuvieran investidos del imperio de la ley y la eticidad. Así, fue reconocido por sus compatriotas en la manifestación de agradecimiento que le tributamos frente al Palacio de San Carlos al terminar su gobierno. Esa tarde sostuvo: “En los próximos días seguiré siendo lo que he sido la mayor parte de mi vida: un periodista”.
Forjador del Frente Nacional. Si en 1953 habíamos llegado a la República invivible, el “golpe de opinión” -bautizado magistralmente por el maestro Echandía- permitió que Rojas Pinilla ascendiera al poder con el respaldo del 98% de los colombianos. Las manifestaciones espontáneas en todas las capitales de departamento, y en las ciudades intermedias, así lo confirmaron. Sin embargo, cuatro años después, el gobierno de Rojas y sus asesores demostraron su falta de sentido de grandeza e incompetencia para conducir a Colombia, bajo los preceptos fundamentales de la democracia y la eticidad.
Los acontecimientos de la Plaza de Toros de Santamaría (1957) fueron un precipitante que condujo finalmente al paro de los sectores financiero, bancario, industrial, comercial y estudiantil universitario, que desembocaron en el inolvidable 10 de mayo de 1957, con la organización de una Junta Militar que serviría de puente hasta el 7 de agosto de 1958, cuando Alberto Lleras inició dieciséis años de gobiernos alternos entre los partidos tradicionales (1).
Política y eticidad. Para quienes iniciamos nuestras prácticas políticas en aquella época, la eticidad, inteligencia extraordinaria, el carácter, la presencia, la capacidad oratoria (2), las convicciones democráticas, el testimonio de vida y la autenticidad del presidente Lleras Camargo fueron decisivas tanto para mi primer compromiso político, como para el ejercicio de la vocación por el servicio público años después.
Una muestra, un símbolo, de lo que fue la delicadeza con la que el presidente Alberto Lleras ejerció el poder la podemos ilustrar con la siguiente historia:
Estábamos reunidos en Paipa, en la finquita de Nemesio Camacho, quien había sido secretario privado del presidente, y le pregunté: “Nemesio, ¿quisieras contarnos una anécdota que te recuerde especialmente a Alberto Lleras?” Él contestó: “Tengo muchas, pero voy a narrarles una significativa. Un viernes, al terminar la jornada en el Palacio de San Carlos, me dijo: «Nemesio, te espero mañana a las 2:30 p.m., para tomarme un whisky contigo». Al cumplir la cita el sábado, bajó el presidente, me recibió, llamó al mensajero de palacio y, sacando su billetera, le entregó un billete solicitándole que comprara el whisky en un almacén cercano. Entonces yo le dije: «presidente, pero hay whisky en las bodegas de San Carlos». Y él me contestó: «no Nemesio, soy yo el que invita»” (3).
Cuando en los últimos cincuenta y un años (1970-2021), hemos tenido que presenciar y padecer gobiernos (excepto en el intervalo 1986-90) ejercidos con mediocridad por quienes no tenían -ni tienen- la capacidad, la formación y los méritos para alcanzar el más alto honor que Colombia concede a sus ciudadanos, la memoria del papel de estadista desempeñada por él está allí para ser reconocida por los futuros historiadores, los gobernantes y la juventud universitaria, deseosa de contribuir a construir democracia participativa.
Obra escrita. Para acercarnos a comprender la magnitud y calidad de su trabajo, como escritor, periodista, político e internacionalista, se me presenta de gran utilidad revisar los cinco tomos de sus obras completas, editados por la presidencia de la República en 1987 bajo la dirección de Otto Morales Benítez. El primer tomo recoge su libro Mi Gente, textos cortos e importantes testimonios y anexos referidos a su vida pública. El segundo está dedicado a su labor como periodista, y contiene una selección de sus elaboraciones entre 1929 y 1940. El tercero comprende sus textos entre 1941 y 1979, acompañados de diversos testimonios. Los tomos cuarto y quinto versan sobre sus escritos más importantes como intelectual, de acuerdo con la tipología empleada por el compilador.
Uno de sus aportes políticos significativos, que se encuentra en varias intervenciones, es el reconocido como la doctrina Lleras – Echandía, sobre el papel de las fuerzas armadas. De forma condensada se expresa así: “Les está vedado por la misión que han recibido y la confianza que se ha depositado en ustedes, el participar de las disensiones y controversias de la gente civil y hacerse parte de ellas, es decir, tomar partido en las luchas políticas. Ustedes tienen que ser en cualquier tiempo el símbolo de la unidad nacional, jamás el de su discordia. Alrededor de las Fuerzas Militares de la República tiene que estar el pueblo, potencialmente listo a la defensa de lo que es común a todos nuestros compatriotas”. (Presidencia de la República, diciembre 5 de 1959).
Para los universitarios y los estudiosos de nuestra historia, me permito insinuarles la conveniencia de estudiar los 5 tomos editados impecablemente por Villegas Editores en 2006. Allí se puede leer -muy agradablemente y con provecho- la cristalización de la obra del más consagrado periodista colombiano del siglo XX y uno de los más inteligentes latinoamericanos que dedicó su vocación al servicio de la democracia, con entrañable amor por Colombia.
Balance para la juventud contemporánea, 2021. Si un joven universitario me pregunta hoy qué utilidad puede tener estudiar la vida y obra de Alberto Lleras, ¿qué le podría responder? Aproximémonos: I- Él representa el ejemplo de un colombiano del siglo XX que, conocedor de los mejores testimonios de sus antepasados, se dio a la tarea de convertirse primero, en un periodista, después en un gran escritor y, posteriormente, en un político que logró los más altos reconocimientos como presidente de Colombia y primer secretario general de la OEA. II- Para alcanzar esas metas buscó consagradamente templar su carácter a base de intensa lectura y escritura. Así mismo, fue muy cuidadoso de su inteligencia y amó la dedicación al trabajo. III- Tenía claro que la vocación de servicio y la búsqueda del prestigio que le podía ofrecer la política debían ir acompañadas de un ejercicio honesto de su actividad. IV- La democracia, así fuera imperfecta, como la colombiana, era para él la mejor forma de gobierno y, por tanto, había que enfrentar las dictaduras que, en el decenio de los cincuentas, querían enseñorearse en América Latina. V- El estudio de la historia nos indica el gran papel que desempeñan los líderes políticos en la conducción de las naciones, y que si se desea merecer el reconocimiento positivo de sus compatriotas, deben ser auténticos; es decir, coherentes entre su ideología, principios, valores y la práctica de su vida política.
Los últimos días. Consciente del papel que había desempeñado en la política colombiana de los últimos 50 años, deseó que su final fuera acompañado de discreción y sobriedad (4). El testimonio de García Márquez (5) se me presenta aleccionante al respecto: “Sin embargo quedamos sus sobrevivientes para recordar por él que en ningún momento de su vida pública tuvo Alberto Lleras un poder tan grande como el que irradiaba su imagen casi mítica desde las brumas de su refugio final (6), no sólo más grande que el poder enorme de sus momentos de mayores glorias, sino el más grande e invisible que hubo jamás en la Colombia de su tiempo. Él lo ejerció en silencio desde los umbrales del olvido, tal vez sin saberlo, quizás a sabiendas, pero no con artimañas de patriarca jubilado, sino con sus artes mágicas de escritor, hasta el día de su muerte sigilosa y suya, y en su cama”.
Los cien años que en 2006 se conmemoraron desde su nacimiento fueron una ocasión feliz para que los colombianos que fuimos testigos de su consagrada labor y de la eticidad con la que ejerció la primera magistratura de Colombia le rindiéramos nuestro tributo de admiración al servidor público ejemplar y estadista latinoamericano que, de acuerdo con sus convicciones, buscó, por, sobre todo, la defensa de los valores sustantivos de la democracia en el continente americano. El conocimiento ampliado de su vida y obra en nuestros días es de gran utilidad para quienes aspiren a gobernarnos a partir de 2022.
Referencias
1. Treinta años después de haber terminado el experimento, existen serias observaciones por los efectos nocivos del bipartidismo allí consignado. Sin embargo, no deben olvidarse las condiciones sociopolíticas, económicas y éticas existentes, en el momento de constituirse el Frente Nacional.
2. Sus intervenciones radiofónicas son famosas por su contenido político; la precisión de su vocalización y dicción, no tienen par en América Latina.
3 El lector cuidadoso podrá sacar sus conclusiones respecto de esa actitud y las que hemos observado posteriormente, a partir de 1970, en algunos de los que han ejercido la más alta dignidad colombiana.
4. La carta dirigida -con adecuada anticipación- a su hijo Alberto, dándole instrucciones sobre las condiciones en que debía realizarse su sepelio, es ejemplar y única, en la historia de Colombia.
5. Prólogo al texto: Alberto Lleras. Memorias (1997). Banco de la República. Bogotá, pp. 20-21.
6. Nótese el papel sustantivo que desempeñó, a raíz de la toma del Palacio de Justicia por el M-19, en 1985. Fue en el comedor de su apartamento, donde se reunieron los ex-presidentes con Belisario Betancur, para producir una comunicación que afianzó el ordenamiento democrático de la Nación. 21 años después, en julio de 2006, el mismo Belisario Betancur, en la Academia de la Lengua, y con motivo del homenaje en sus 100 años de nacimiento, sostuvo que a Alberto Lleras le era prioritaria la defensa de los valores democráticos… “Él representa, el honor de Colombia”.
Bibliografía inicial
LLERAS, Alberto (1987). Obras selectas. Biblioteca de la Presidencia de la República, Administración Virgilio Barco. Bogotá. Tomo I, 81-132. Tomo II, 127-138; 250-273. Tomo III, 53-79; 117-160; 213-254. Tomo IV, 9-135; 341-447. Tomo V, 3-73; 217-275; 345-369.
