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El farmaceuta francés contratado por los hermanos Lumière para traer la buena nueva del cine al continente americano, luego de ser una celebridad en México y Cuba, sufrió la adversidad de la suerte en el territorio colombiano al que llegó, vio y consideró que era un infierno donde los sueños se convertían en pesadillas. Devorado por los mosquitos, tratando de dormir en un catre que sólo le producía el peor de los insomnios, viajó por el río Magdalena hacia Bogotá -adonde nunca llegó- en un barco que le parecía una "inmensa tortuga", renunciando al fin a su empresa, pues "más vale morir cien veces de hambre en Francia que sufrir en estos países perdidos".
Gabriel Veyre le heredó así a Colombia, desde mediados de 1897, cuando el trópico fue para él un reto utópico, el hechizo de un cine que se ha filmado en el país de manera ardua y laboriosa, sin condescender -hasta que el azar demuestra lo contrario- al temor por el fracaso que habría opacado el entusiasmo de sus directores.
¡Acción! Cine en Colombia, la exposición del Museo Nacional de Colombia realizada bajo la curaduría del crítico de cine Pedro Adrián Zuluaga, desde el 18 de octubre de 2007 -y hasta el próximo 28 de enero de 2008-, describe las aventuras y milagros que enseñan cómo una proeza supuestamente imposible o, al menos, riesgosa, se hace posible cuando las imágenes de una película surgen como fantasmas sobre una pantalla.
Durante el recorrido se hace evidente cómo la historia ha conjurado la maldición con la que Veyre se despidió del país. La devoción religiosa que siempre confía en la fe y que sirvió de motivo para los primeros documentales que registraron las cámaras de los hermanos Di Domenico, "los italianos de la máquina" que transformaron la aldea nacional por obra y gracia del cine en la década de los años 10; los primeros largometrajes que recrearon las proezas de los héroes locales para desconcierto del público, que no sabía cómo aproximarse y celebrar los privilegios de un nuevo arte; el temor al hábito hecho vicio cuando las películas se multiplicaban y permitían que su espectador celebrara en público lo que, tal vez, disfrutaba en privado -por ejemplo, la compañía de una vampiresa que hacía peligrar cualquier posible virtud-; la evolución que a lo largo del siglo XX tuvieron las distintas visiones acerca de una catedral temática, sembrada en el paisaje real e imaginario de Colombia: la violencia; la recreación de nuestros temores y la forma como la ficción ha permitido que los confrontemos, explican la necesidad de una exposición donde las fotografías del álbum familiar del país se mueven y señalan a nuestros parientes -cercanos, lejanos, queridos o repudiados-, hechos personajes de una película.
Si en 1914 la revista El Kine de Sincelejo publicaba la carta de un lector enfurecido que comparaba al cine con el aguardiente o el juego, asegurando que el público se enviciaría con el espectáculo y sería víctima "de la necesidad de asistir a él", la exposición del Museo Nacional comprueba que el tiempo no lo desmintió: la terquedad de un arte a medio camino entre la industria, lo industrioso y la terquedad de realizarlo, a pesar de las circunstancias técnicas o las dificultades para su exhibición y distribución, ha tratado de vencer el prejuicio de un espectador receloso ante las imágenes locales para comprender lo que significa una palabra tan inquietante como puede ser "Colombia".
Desde 1915, cuando se registra el primer largometraje filmado en Bogotá, El drama del 15 de octubre de los hermanos Di Domenico, sobre el asesinato de Rafael Uribe Uribe, hasta los últimos coletazos de una generación que continúa registrando en imágenes los dilemas del laberinto nacional, la exposición del Museo se encarga de recordar esa historia, acaso para comprenderla mejor y saber que el cine es una invención que moldea, con buena o mala fortuna, los matices de la realidad.
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