Para Daniel Plainview, el personaje al que no le interesa nada distinto al dinero en There Will Be Blood (Petróleo sangriento, Anderson, 2007), Dios es una superstición y los falsos profetas saben cómo aprovecharse de la ingenuidad de sus fieles.
Tanto como él mismo, un capitalista salvaje que hace de la codicia otra forma de la superstición para triunfar a costa de los demás. La religión y el dinero, en los templos o en los negocios, se identifican por el engaño, la voracidad y el convencimiento de que nadie será capaz contra ellos. Aliados, logran una complicidad invulnerable –de hecho, la Iglesia y el Estado están en el trono del poder–. Enfrentados, la batalla es a muerte y son muchos los crucificados –como sucedió en el México de los años 20 cuando el presidente Calles y la Iglesia se enfrentaron en una guerra civil que terminó traicionando a sus muertos.
Entre la voracidad por el petróleo y la burda imitación de lo religioso cuando uno de sus profetas seduce a su congregación con discursos histéricos, el pasado revive en la película con diferentes registros:
Literarios –es una adaptación de la novela Oil! (1927), escrita por Upton Sinclair, un autor que se interesó en producir otra catedral del cine, ¡Que viva México! (Eisenstein, 1932).
De época –el transcurso del siglo XIX al XX en Estados Unidos es descrito a través de la creciente ambición de Mr. Plainview (Daniel Day-Lewis) y de sus contradicciones con el pastor de ovejas provincianas, Eli Sunday (Paul Dano), sin contar al resto de los mortales que se le cruzan en el camino.
Acerca de la inocencia utilizada como fachada de la truculencia –Mr. Plainview necesita de un “rostro amable” a su lado para usarlo en sus negocios como fetiche y anzuelo, por lo que aprovecha a un huérfano, útil a sus propósitos, un niño al que llama H. W. (Dillon Freasier).
De estilo –There Will Be Blood y su aliento épico es un regreso a las narraciones en las que se agota hasta el último matiz de la sicología de un personaje, gracias a Daniel Day-Lewis y a su capacidad dramática, que incluso sobreactuado como en Gangs of New York (Scorsese, 2002), se aproxima a la excelencia por la que Javier Bardem lo comparó, en trance de admiración desbordada, con Marlon Brando, manifestándose la desmedida ambición de Plainview como la manifiesta el personaje de Orson Welles en Citizen Kane (1941), aún más exigente en el caso de Lewis cuando la desolación del paisaje y su afán de trepar hasta la cima del mundo detallan el ascenso de otro participante en la carrera empresarial de Estados Unidos, sin el decorado urbano de Kane, sugerido en la secuencia final de There Will Be Blood cuando vemos a Plainview refugiado en su mansión, en compañía de su fortuna y de la soledad que construyó a su alrededor.
Mr. Plainview & Kane: dos caníbales del poder a los que podríamos emparentar con otro millonario lentamente desquiciado, Howard Hughes, revivido cinematográficamente en The Aviator (Scorsese, 2004). Para los tres, el esfuerzo y el carácter autosuficiente de sus empresas son la cifra de sus fortunas.
El primer y el último plano en There Will Be Blood exhiben la soledad del personaje: al inicio lo vemos en algún rincón de Texas, donde los accidentes no impiden que Plainview huela el petróleo; al final descubrimos el resultado de sus descubrimientos y las aventuras que ha vivido y ha hecho vivir a los otros para conservar su dinero.
Una historia de nuestro tiempo, sobre el cinismo, la competencia y su destrucción, que nos recuerda la fragilidad de los débiles, sometidos por una soberbia semejante a la que expresara un productor de Hollywood, decidido a triunfar a costa de lo que fuera: “En este negocio perro come perro y nadie me va a comer a mí”.
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