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Cuadernos contra la amnesia

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Hugo Chaparro Valderrama
15 de enero de 2008 - 05:14 p. m.
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Un número dedicado al cortometraje y dos al largometraje en el que se ha convertido el escritor y crítico Andrés Caicedo, en virtud de los oficios de sus buenos amigos prolongan la memoria cinematográfica en el país del Sagrado Corazón de Jesús gracias a los Cuadernos de cine colombiano editados por la Cinemateca Distrital de Bogotá.

Los filmes que se han visto en la pantalla y los textos escritos acerca de  ellos sirven como evidencia de la cinefilia que abunda. No en vano, una legión de espectadores ha decidido pasar de la butaca en la sala a la realización tras las cámaras. Catalina Rodríguez, directora de la Cinemateca Distrital, en la presentación del número dedicado al corto, recuerda cómo, “desde sus inicios en 1994, como estímulo de la producción, el Programa de Fomento a la Creación Audiovisual de la Cinemateca Distrital ha sido determinante en el desarrollo del cortometraje, al ofrecer año tras año paquetes de estímulos a la realización en este formato. El principal objetivo ha sido apoyar todo el proceso creativo inherente a la producción de una obra audiovisual desde sus inicios, o sea la escritura del guión, hasta la puesta en escena pública del producto final”.

En otras palabras, el exhibidor convertido en productor, apoyando las imágenes que luego verá proyectadas. Un largo repertorio que conforma la historia del corto según “El cortometraje en Colombia: grandes actores” (Julián David Correa) y “Corto colombiano 1999-2006: el sobresalto” (Pedro Adrián Zuluaga/Jaime E. Manrique). El primero, un recuento histórico desde finales del siglo XIX, cuando el cine llega a Colombia y se tropieza con la realidad del país, hasta bordear el siglo XXI y las nuevas fronteras tecnológicas, y el segundo, un ensayo que obedece a los criterios establecidos por los autores en sus primeras líneas, sugiriendo que el tema sería propicio para un texto más extenso –¿un libro?– sobre el “cortometraje independiente” en Colombia, desde finales de los años 90 hasta el presente.

Los números dedicados a la energía epistolar de Andrés Caicedo hacen del “indiscreto lector”, como lo define Luis Ospina en la introducción que los presenta, un lector voyeur, mirón, como es cualquier cinéfilo, de las bambalinas que definieron el afán de Caicedo por su obra y en su vida, hechas de cine y literatura. Escritas a principios de los años 70, las cartas describen su relación con la pantalla como espectador y cineclubista, cuando el capricho de los distribuidores y la paciencia del público local, enfrentado a copias en condiciones buenas, malas o peores, formaron al crítico que le puso ojo al cine –“De buenas que pude conseguir Dr. Insólito, en copia en muy mal estado, pero a la gente le gustó muchísimo, y para el otro sábado Peppermint Frappé, que me pareció la ‘berraquera’, aunque la gente se puso un poco ‘mosca’ porque los actores no hablaban en inglés”.

Desde Cali, Bogotá, Houston y Los Ángeles, entre 1971 y 1976, los amigos recibían las cartas enviadas por Caicedo como un testimonio de que nada fue en vano. “Vivimos otros tiempos”, concluye Ospina en la introducción. “En aquella época los cinéfilos teníamos memoria”. Antes de la internet y de su banco de datos, del DVD y la posibilidad de repetir en el cineclub casero una película en función continua, una proyección cinematográfica, en su ámbito natural, la penumbra de la sala, fijaba en la memoria el milagro de la pantalla en un hecho ritual. Traducido a las cartas de Caicedo, la pasión de sus años es evidente. El tiempo los transformó en historia y son un material propicio para ver en perspectiva de qué manera el pasado moldea el presente del espectáculo. La edición de estos Cuadernos y el rótulo que los define, “nueva época”, para diferenciarlos de aquellos que los antecedieron en la Cinemateca Distrital de los años 80, es una forma de recordar el material del que están hechas las imágenes de la pantalla en Colombia.

hugochva@telecom.com.co

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