Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.

Director: el guionista

Hugo Chaparro Valderrama

05 de febrero de 2008 - 05:12 p. m.

Michael Clayton (Gilroy, 2007) es una película para ver con los oídos. Las palabras tienen un peso equivalente a sus imágenes. Visualmente es de fácil digestión. No hay cambios abruptos de tiempo o espacio. De hecho, su historia está narrada en círculo: el misterio inicial se explica antes de un breve y justiciero epílogo. Sonoramente la exigencia es distinta. Hay que seguir el vértigo idiomático, acorde al ritmo de Nueva York, de manera atlética.

PUBLICIDAD

La montaña rusa empieza en el punto más alto durante los primeros minutos del filme. Escuchamos la voz de Arthur (Tom Wilkinson), que en ese momento no es nada distinto para nosotros que el rugido de un hombre atemorizado, confesándole a Clayton (George Clooney) el motivo de sus pesadillas: Arthur descubrió que uno de los clientes más poderosos de la firma de abogados en la que trabaja, envenena al mundo entero con productos químicos. La confesión está dicha en medio de una crisis maníaca sufrida por Arthur. El parlamento presenta torrencialmente el carácter radial de una película sobre la corrupción y el cáncer que a través de la codicia vulnera a todos los que se enfrentan con ella.

Karen (Tilda Swinton) es la bruja de la historia. Como en cualquier cuento de hadas –un género del que no se escapa el filme y que explota en el inconsciente del público cuando al final triunfa el bien sobre la perversidad–, la bruja y los muertos que ha dejado a su paso recibirán la justicia merecida por todos. También hay una descripción de la nobleza y las precariedades que definen a cada personaje. Clayton es el escudero de Arthur –armado con la inteligencia de su rapidez verbal, los ojos y la expresividad de un George Clooney que saca a flote sus emociones con la difícil destreza de sugerir antes que evidenciar, dibujándose en su rostro desde la ira contenida hasta la compasión y el dolor sin perder nunca el control–; Arthur es el caballero armado que bordea el fracaso –y la lógica de su personaje sirve de pareja a Clayton cuando Arthur enfrenta la mesura y la razón de su compañero desde la cima de su malestar maniacodepresivo–; Karen, la ejecutiva que es falsa incluso en su hipocresía, diseñada a la medida de sus intenciones tanto como los trajes que se prueba frente al espejo, desata el conflicto y hace que la suspicacia de Clayton y Arthur esconda enemigos debajo de la cama.

El reparto secundario –el Marty de Sidney Pollack que dirige la firma de abogados con un suave cinismo; el hijo de Clayton que escucha los consejos de su padre con silencioso respeto; los jugadores de poker y los acreedores de Clayton que son amenazas en sí mismos; sus familiares, con los que Gilroy se ayuda para aumentar la presión sobre Clayton; la chica de la que está enamorado Arthur y que representa a los demandantes contra la empresa de Karen–, son puntos de referencia que sirven, como en las narraciones tumultuosas de Dickens, para enaltecer al héroe. Michael Clayton honra la carrera como guionista de Gilroy. Podemos considerarlo un director literario o un escritor que aprovecha las imágenes para contar sus historias. La presencia de Clooney enriquece todavía más la trama.

La secuencia final, después de hacerle justicia a la bruja, cuando Clayton se sube a un taxi y le pide al chofer que conduzca hasta que la cuenta llegue a cincuenta dólares, es un cortometraje dentro de la película acerca del poder y el talento de un actor. Transcurre en silencio luego de que el cine se ha hecho verbo de manera tumultuosa. Cruzando de un extremo a otro, Gilroy enseña cómo traducir un guión, escrito con oído musical, a su puesta en escena, y cómo el silencio es también un elemento dramático, tan efectivo y tan hondo como cualquier otro sonido –quizás, en ciertos momentos, más hondo que aquello descrito por Hamlet cuando Polonio le pregunta qué lee y el príncipe le responde, con fatigada ironía: “Palabras, palabras, palabras”–. Como todas las que componen estas líneas, igualmente tumultuosas que la película, para recordar el ritmo que tiene en la pantalla Michael Clayton.

hugochva@telecom.com.co

Read more!
Read more!
Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta  política.