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El retorno de los muertos vivientes

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Hugo Chaparro Valderrama
19 de febrero de 2008 - 03:17 p. m.
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Carlos Clarens, cinéfilo cubano al que extrañamos cada vez más, recordaba en su libro Horror Movies un filme pionero del género: Dr. Jekyll and Mr. Hyde, realizado en 1908 por la compañía Selig Polyscope de Chicago. Un par de años después, los Estudios Edison presentaban una versión, audaz por su brevedad, de otro clásico literario, Frankenstein, que intentaba resumir la aventura de Mary Shelley en una película de diez minutos. Charles Ogle, el actor que encarnó a la Criatura, sufría espasmos de marioneta y su arqueología nos descubre la ansiedad por deslumbrar con artificios ingenuamente malévolos.

En el transcurso del siglo los productores del cine de horror han querido impresionar de varias maneras al público: conectando a los asientos del teatro cables que transmitan leves descargas eléctricas en los momentos cruciales de una película; obligando a que los espectadores firmen un documento para exonerar al estudio de los posibles infartos que pueda causar la historia; contratando a un batallón de médicos para revisar la tensión arterial de la audiencia durante la proyección.

Estrategias que no serían nada distinto a un archivo de anécdotas si no estuvieran relacionadas con clásicos como Black Friday (Lubin, 1940), Dead of Night (Cavalcanti, Dearden, Hamer, Crichton, 1945) o The Tingler (Castle, 1959).

Tras la búsqueda de electroshocks, sembrados como minas que explotan emocionalmente en el desarrollo de una trama, el director Mikael Hafström, experto en manipulaciones sórdidas de atmósfera criminal en Derailed (2005), o en la última de sus aventuras por la geografía del miedo, 1408 (2007), donde se promete un viaje hacia el pánico y la risa desvirtúa su ambición, quiso prolongar la fórmula y retrocedió a los orígenes.

Basada en un cuento de Stephen King, 1408 disfraza de novedad las trampas que alargan innecesariamente un guión hecho de chicle y clichés, estirado hasta alcanzar los noventa minutos exigidos para el largometraje. La producción respira el mismo aire comercial de películas como 36 Quai des Orfèvres (Marchal, 2004): un reparto de actores notables –John Cusack y Samuel Jackson en el filme de Hafström; Daniel Auteuil y Gerard Depardieu en el filme de Marchal–, actúan en películas rutinarias para asegurar su taquilla cuando la fama, como suele suceder, engaña incautos.

Los recursos de Hafström son tópicos. El cruce de umbrales: si atraviesas esa puerta, mueres. El encuentro con los fantasmas: espeluznantes cuando son niños que disfrazan tras su puerilidad una actitud macabra. Los monstruos que abundan: deformes como la Criatura de Frankenstein, de apariciones fugaces en 1408, semejantes a resplandores siniestros provenientes del más allá. Y la víctima inocente que no sabe cuál será su destino en manos del azar: un escritor de guías turísticas hacia hoteles hechizados, Mike Enslin (Cusack), aterrado por diversos episodios que sirven como abismos del pánico para que caigamos en ellos.

El resultado de la mezcla es una serie de impactos escénicos antes que sicológicos –aunque la enfermedad de la niñita fantasma sea una pesadilla en la conciencia de Enslin–. Aún así, ante los efectos especiales y las fórmulas del guión para prolongar la historia, destaca la presencia del actor y su capacidad de riesgo, cargando sobre sus hombros con todo el peso de la desgracia –pues, ¿qué sentido tienen los efectos especiales si no amenazan a un miembro de la especie con el que podamos identificarnos, ya que nos representa con nuestras incertidumbres y nuestras fragilidades?

La habitación del terror y sus sorpresas provenientes de ultratumba recuerdan otras películas ya vistas, que hacen de la reiteración y el despliegue tecnológico el motivo de su vigor. Sin embargo, no asistimos al cine para ver únicamente videogames: es un derecho legítimo esperar que la narración de una historia permanezca en la memoria y no que se desvanezca con la misma rapidez de la pirotecnia y de su espectáculo.

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