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¿En manos de Dios?

Hugo Chaparro Valderrama

04 de septiembre de 2008 - 09:08 p. m.

“Es una buena película porque Colombia es así”. “La filmaron en mi pueblo”. “Un noticiero es mejor y menos sentimental”. Tres opiniones distintas acerca de La Milagrosa (Lara, 2008), sugieren que la ficción debe ser testimonial, que ver a la patria es un gusto aunque la agobie el desastre y que Colombia es un tema, quizá más interesante en términos sociológicos antes que cinematográficos por la dimensión insólita de su realidad.

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La historia reciente fusiona un estilo que define al país como un terreno donde se reúnen géneros como el western, las aventuras de acción y la energía de la guerra. El tono sentimental o ansioso por denunciar la barbarie lo decide el guionista. Siniestro, melodramático o bélico, lo anima la esperanza de que nada pase en vano y se denuncie a “los malos” para que triunfen “los buenos” —la fórmula es elemental para conducir al público—. La edición, los efectos especiales y el aire de pesadilla contribuyen a manipular la reflexión sobre la tragedia. No hay muchas alternativas. Los malos: la guerrilla. Los buenos: la Iglesia, el soldado amigo, el poder, que definen de un tajo la confrontación.

Aunque hay horror y tragedia, también se muestran paisajes de belleza asombrosa y armonía engañosa. La muerte siempre amenaza. La semblanza es tan real —o parece—, que no hay que agregar casi nada. Pero el hecho de que “la realidad es así” no es contundente como argumento temático. Es un pretexto. Además, si la realidad es así, ¿cuál es la utilidad de la ficción? Quizás enseñar, con mayor profundidad que la de un noticiero, el factor humano del drama.

El contraste inicial de la historia, que explica por qué alguien se va a la guerrilla y la visión mezquina sobre su país de un descendiente de la casta industrial, es atractivo y descubre una alternancia de espacios, oportunidades y frustraciones. Después el esquema es rígido: se insiste en la retórica del guerrillero modelo, en la ideología de lo que fue alguna vez, en el malvado a ultranza encarnado por el comandante. El lugar común se alivia por los encuentros fortuitos de los secuestrados jugando fútbol con los guerrilleros o cuando una canción los conmueve describiendo al país del acordeón y de lo que está más allá del salvajismo evidente.

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Entre el joven secuestrado, su guardián, su hermana y otro par de rehenes, la víctima apenas vislumbra lo que no conocía: el país del infortunio. En la ciudad permanece una sociedad civil que empieza a comprometerse cuando se siente afectada. Al Sagrado Corazón de Jesús aquí lo reemplaza la Virgen. Y el padre del secuestrado, cuando lo llama el ejército, justo en mitad de una misa, para avisarle que saben dónde tienen a su hijo, sólo puede replicar: “Estamos en manos de Dios”. ¿Desde hace cuánto? La ironía es involuntaria. De hecho, La Milagrosa es enfática en suponer que así es. Se puede salvar a una víctima. De resto, ¿estamos en manos de quién?

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