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Mayolo del 68

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Hugo Chaparro Valderrama
22 de febrero de 2008 - 04:52 p. m.
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En 1968, Carlos Mayolo tenía 23 años de edad. Había filmado un primer cortometraje, Corrida (1965). Su intención: hacer política con las imágenes de una manera alegórica antes que panfletaria. Para su segundo corto, El basuro (1968), utilizó como banda sonora la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. “La película era atroz”, escribió. “Parecía una guerra entre la miseria y la supuesta cultura”. En el futuro esperaban el estilo y su elocuencia: Oiga vea (1971); Cali: de película (1972); Asunción (1975); Agarrando pueblo (1977); Carne de tu carne (1983); La mansión de Araucaíma (1986). El sentido de una vida que en la década de los 60 empezó a tomarse el poder con la cámara. Aunque no supiera con exactitud cuál era el cine que haría. Mucho menos cómo lo haría. Felizmente, Mayolo fue testigo “de muchos actos de terquedad y de libertad”. Más temprano que tarde, el talento se reveló con sus imágenes en movimiento. Es decir, con sus ideas en movimiento. Una generación asumía, consciente o inconscientemente, lo que anunciaba el grafiti escrito en París durante mayo del 68: “Sean realistas: pidan lo imposible”. Todo lo que Mayolo aprendió en la práctica como director, actor y protagonista del cine tropigótico. Una experiencia capaz de vencer la muerte cuando permanece en la memoria y nos recuerda la aventura de su autobiografía en La vida de mi cine y mi televisión (Villegas Editores, 2008).

El primer tomo acerca de su pasión hecha cine y los misterios tras el cine, ¿Mamá qué hago? (Oveja Negra, 2002), recibe al lector con una declaración de tedio: “Antes de nacer, ya estaba aburrido”. Lo contradicen las páginas en las que Mayolo enseña cómo empezó a ver el mundo “con tres grados más de fiebre”. También las líneas que escribe en el último texto del libro publicado por Villegas: “No me perdono aburrirme (…) Me da pánico aburrirme”.

Cerca de 300 páginas, una organizada selección hecha por Sandro Romero Rey, las fotografías de Eduardo Carvajal que ilustran con sus imágenes quietas la realidad inquieta de Mayolo y una copia de Agarrando pueblo como bonus track de la lectura, mejoran el foco para observar con nitidez al “Polanski de los trópicos”; al tiempo que moldeó sus ilusiones –posibles o imposibles, en todo caso estimulantes para concluir cuando las repasamos que el aburrimiento habría sido inverosímil–, descubriéndose un fragmento de la historia del cine colombiano y del quiebre generacional entre el antes y el después de lo filmado por Mayolo en Caliwood y, por extensión, en Colombia.

El delirio y sus razones; la violencia y sus fantasmas; los vampiros personales desfilando ante el público; el arte a pesar de la política o el arte capaz de prolongarse más allá de lo político; el riesgo que supone reinventar el mundo y la recompensa de lograrlo, en el testimonio de una escritura fragmentada según el sobresalto cotidiano, como explicación de una búsqueda que la muerte suspendió, sumando cada nota desde la infancia y sus descubrimientos hasta la ficción de las imágenes, se descifran en La vida de mi cine y mi televisión con otra forma de la literatura como puede ser el diario, sus confesiones y las ideas que explican cuáles fueron los dilemas de su autor.

Primero las películas y después los libros sobre las películas. Andrés Caicedo: Ojo al cine (Norma, 1999); Luis Ospina: Palabras al viento. Mis sobras completas (Aguilar, 2007); Carlos Mayolo: La vida de mi cine y mi televisión. La historia y su visión mejoran con los años. Si antes la película parecía mal proyectada, ahora el brillo en la pantalla permite ver mejor lo que se filmó y cómo se filmó. Agregar a la autobiografía de Mayolo una copia de Agarrando pueblo, es un gesto de generosidad para el lector/espectador, entre la escritura, sus reflexiones y su traducción al cine.

hugochva@telecom.com.co

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