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Viaje al misterio

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Hugo Chaparro Valderrama
08 de enero de 2008 - 08:46 p. m.
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La frontera es el límite para el director iraní Bahman Ghobadi.

En su primer largometraje, A time for drunken horses (2000), cinco hermanos tratan de sobrevivir en las montañas que separan a Irán del Kurdistán iraquí. Una geografía a la que Ghobadi retornó con su cámara en Marooned in Iraq (2002), acerca del viaje de un músico por el Kurdistán iraní, tras la Guerra del Golfo a principios de los años 90. Su tercer largometraje, Turtles can fly (2004), tiene como escenario tres fronteras simultáneas: una geográfica —la frontera de Kurdistán entre Irak y Turquía—; la frontera que anuncia la muerte, representada por un campo minado, y la frontera marcada por la historia reciente, que divide el antes y el después trazado por la guerra y por sus pesadillas, poco antes de que el ejército de los Estados Unidos invadiera Irak.

Con Half moon (2006), el viaje de un legendario músico kurdo, acompañado por sus hijos para ir a un concierto en Irak con el que se quiere celebrar la caída de Saddam Hussein, revela otras fronteras de límites enfrentados: el arte como redención para sobrevivir a la intolerancia, el fundamentalismo que censura al arte y el coraje para vencer de alguna manera al poder que impide la celebración del arte.

Literalmente, una odisea por la tradición que prevalece en el mundo contemporáneo y por la memoria de un pasado que define el presente al que desafían Mamo (Ismail Ghaffari) y sus hijos, tocados por la bendición del genio. La realidad y la fantasía, el tiempo y los misterios de ultratumba, lo masculino y lo femenino que deciden la vida en el mundo musulmán, sitúan al espectador en una atmósfera de ensoñación, amenazada por la barbarie.

En medio de la aridez del paisaje, cuando Mamo visita un pueblo donde viven exiliadas 1.300 mujeres cuya pasión por la música resulta intolerable para la misoginia religiosa, obligándolas a vivir condenadas; el color de sus vestidos, la percusión con la que honran la visita del músico y el contraste con el entorno grisáceo, componen visualmente la representación de una felicidad pasajera pero necesaria para enfatizar en el sentido del viaje. Una aventura semejante a la que emprende en otro filme iraní el musicólogo de Unfinished song (Maziar Miri, 2001), que visita la cárcel donde está recluida una mujer humillada por el régimen debido a su voz celestial.

Ghobadi describe así la historia y su evolución a través de relatos que definen la encrucijada contemporánea, sin limitarse a una actitud testimonial con registros exclusivamente políticos. Sus películas van más allá de lo circunstancial cuando enaltecen el privilegio del arte y su legado como otra manera de sobrevivir en la memoria del tiempo.

En medio de los hechos que reciclan las noticias, la pantalla se ilumina con las proezas de los individuos detrás de esas mismas noticias, haciendo lo mejor que pueden para vencer la ruindad. El autobús en el que viajan Mamo, sus hijos y un conductor de talante tragicómico, representa la intromisión de la música como un don noble y generoso en medio de la tierra de nadie donde estallan los balazos.

Cuando se suma al viaje la presencia de Hesho (Hedieh Tehrani), la cantante sin la que el arte de Mamo quedaría incompleto, el cielo —o su versión angelical encarnada en Hesho— permite una vía de escape a las miserias terrenales. Un estado de gracia tan fugaz como las mujeres y sus colores, resistiendo con la música para no languidecer de tristeza entre las montañas. Entonces no importa nada distinto a manifestar el don del talento y sus privilegios. Su evidencia es suficiente para no admitir la derrota. Incluso cuando la muerte es una mujer de belleza ineludible, que conduce a Mamo hacia la frontera secreta de su existencia, permitiéndonos Ghobadi que el humor y el drama compongan las notas del réquiem que hace viajar, por última vez, al músico.

hugochva@telecom.com.co

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