Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Mientras "el sufrido" Louis Barrier, como llamó una cronista al empresario que manejó la carrera de Edith Piaf, aparece en La vie en rose (Dahan, 2007) interpretado por Pascal Gregory con una serenidad asombrosa -incluso cuando el gorrión se desvanece en una de sus presentaciones suicidas y él se encarga de enfrentar el desastre sin perder el control para tratar de salvarla-, la môme, la chiquilla, la joven que continúa cantando más allá de su muerte con el vigor y la plenitud de su música, interpretada por Marion Cotillard como si Piaf reviviera en la pantalla, es el huracán amenazando la tranquilidad, el vigor pasional ante el cálculo intelectual, el romanticismo incontrolable contra la sobriedad, a pesar de ella misma, de su "irresistible necesidad de autodestrucción", como declaró Piaf en una entrevista cuando la muerte acechaba.
Un vértigo en estado puro que renueva el mito de una vida con los días contados y la eternidad asegurada. Desde su infancia tortuosa hasta su muerte en octubre de 1963, La vie en rose es un clímax permanente que exhibe los dones irrepetibles del genio a la manera de Edith Piaf. El guión, escrito por Dahan e Isabelle Sobelman, destaca los momentos cruciales de una biografía en el límite de la adversidad, el triunfo y la desgracia con los que moldeó su arte, fragmentado en el filme entre Francia y Estados Unidos —a los que está dirigido primordialmente el mercado de una película que se título en Francia La môme, rebautizada para el resto del mundo con un título que no requiere explicaciones: La vie en rose.
Dahan explora las referencias más digeribles, conocidas y populares: la infancia de Piaf al lado de su padre; como niña de compañía de las prostitutas de un burdel; perdiendo la vista a los tres años de edad; encomendándose a Santa Teresa de Lisieux cuando imagina un milagro que le devuelve la visión; ganándose la vida en las calles de París junto a Simone Berteaut; aprendiendo los rudimentos del canto con sus padrinos, Louis Leplée y Raymond Asso; idolatrando al boxeador africano Marcel Cerdan… Momentos y anécdotas más que suficientes para ilustrar la biografía de Piaf, aunque se eluda su valor ante la presencia de los nazis en el París del gorrión durante la Segunda Guerra Mundial o sus encuentros con hombres y damas notables como Jean Cocteau, Colette o Paul Meurisse, resumidos todos en la esencia del estrellato y la soberbia divina de Marlene Dietrich cuando saluda a Piaf en el Versailles de Nueva York.
La memoria es selectiva y muestra en el filme los recuerdos más significativos para sus guionistas. La historia narrada por Dahan & Sobelman tiene a su favor la presencia escénica de Marion Cotillard. Ella es la película y concentra en su figura la atención del público tanto como Piaf lo pudo hacer en su tiempo, simulando el sol y el giro de los planetas a su alrededor. De hecho, Cotillard habría sorprendido a Piaf si la cantante hubiera visto la película. Acaso se habría preguntado quién estaría sentada en la sala y quién estaría en la pantalla; si la actriz sería tal vez un espejismo exacto a la cantante o la cantante un espejismo de la actriz. Madame Cotillard es una ilusión hecha realidad. Sincroniza sus labios con la voz del gorrión como si estuviera poseída por el espíritu del fantasma. Su lenguaje corporal y las facetas de su rostro son tan variados que no hay otra posibilidad distinta a rendirnos con un elogio ante su talento. Suponemos en la pantalla un prodigio cercano a la verdad, tan cercano como lo permite una ficción —incluso basada en hechos reales.
Tanto en el filme de Dahan como en los días que componen la memoria de su biografía, se cumple la frase que Sacha Guitry escribió sobre Piaf: “Su vida fue tan triste que fue casi demasiado hermosa para ser verdad”.
hugochva@telecom.com.co
