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Si advierto que intentaré revisar rápidamente los detalles de la vida personal del marqués de Griñón, ex de Isabel Preysler y descendiente de prohombres como Gonzalo Fernández de Córdova —quien les arrebató a los árabes la ciudad de Granada para entregársela a los reyes católicos—, muchos se sentirían defraudados.
Tienen razón, pero también hay quienes están a la espera de saber si los vinos del marqués son realmente trascendentes, como los críticos —y él mismo— lo han pregonado. Pues bien, no habrá más remedio que balancearme entre esos dos extremos y hablar de las dos cosas, aprovechando que hace pocos días lo tuve a menos de un metro de distancia, y con sus vinos delante de mí.
Carlos Falcó Fernández de Córdova, quinto marqués de Griñón, proviene de una familia andaluza instalada en una amplia zona de Castilla La Mancha (con todo y castillo) desde 1292. Sus antepasados han guardado estrechos vínculos con la nobleza y la monarquía, especialmente gracias a sus proezas militares.
Pero Falcó optó por la vida de campo, animado por los extensos olivares asociados a la finca Valdepusa, en Castilla La Mancha, cerca de Toledo, que recibió de su abuelo. Tierras áridas, frías en invierno y calurosas en verano —con suelos arcilloso-calizos, ideales para la vid y el olivo—, le plantearon más de un reto.
Por eso tomó la armas de la educación para librar esta batalla y viajó a Lovaina, Bélgica, donde se recibió como agrónomo. Hizo lo propio en la Universidad de Davis, en California, donde consiguió su máster en enología. Allí llegó recién casado con la bella Jeanine Giraud, de origen suizo, madre de Manolo y Xandra, actual directora de la bodega Dominio de Valdepusa.
Como correspondía a la alcurnia del yerno, su suegro le envió de regalo, desde Europa, un Maserati para que recorriera velozmente las largas distancias del oeste norteamericano. El gusto por los autos lo heredó de su padre, el duque de Montellano, quien se desplazaba por los polvorientos caminos de España en un silencioso Rolls Royce, porque decía que a “un coche fino sólo le deben sonar las llaves”. Falcó se aficionó tanto por el automovilismo que participó en varios rallies, con el fatal desenlace de una aparatosa volcada en la que murió su hermano. Al regresar de California, Falcó desafió el orden establecido y plantó Cabernet Sauvignon en Castilla La Mancha, un verdadero atrevimiento si se considera que España posee uno de los semilleros de uvas autóctonas más completos del mundo. Pero arguyó que los suelos de su finca eran más propicios para la vid francesa que para cualquiera de las españolas. Hoy, el Cabernet Sauvignon de Dominio de Valdepusa es una leyenda: complejo, expresivo y elegante.
Antes de explorar tercamente otras variedades como Syrah y Petit Verdot (excelentemente ejecutadas y por las que también su bodega castellana es altamente reconocida y premiada), se lanzó a la quijotesca aventura de modernizar la vitivinicultura española, introduciendo cubas de acero inoxidable, riego por goteo y control radicular de las plantas mediante delicados sensores que sólo se habían empleado antes para medir la resistencia del aluminio en las alas de los aviones Boeing. Hoy sus colegas le agradecen este aporte.
Asesorado por los más exclusivos profesionales del mundo —incluidos los franceses Emile Peynaud y Michel Rolland—, Falcó se empecinó en hacer de Valdepusa una denominación de origen reconocida (para vinos y para aceites de oliva), y lo consiguió, pese a estar constituida por una sola propiedad. Dominio de Valdepusa, en vinos, y Marqués de Griñón Olevm Artis, en aceites, detentan hoy sobrados méritos.
Muchos otros lo recuerdan por sus libros Entender de vinos y Olevm Plus y por su segundo matrimonio, con Isabel Preysler, madre de la diseñadora Tamara Falcó. Se casó en terceras nupcias con Fátima de la Cierva, biznieta del duque del Infantado, con quien tuvo a Duarte y Aldara. Hoy están separados. Falcó es un referente mundial y un noble que actúa libre de las presiones del corsé (igual que su pariente, la duquesa de Alba, recientemente fallecida).
