La California del vino nunca ha podido echar raíces en el mercado colombiano. Hasta ahora, una combinación de factores nos priva de ese deleite.
Una parte de la culpa la tienen las distancias entre los dos territorios. Otra tiene que ver con los aranceles de ingreso a nuestro mercado. Y como consecuencia de los dos anteriores está la realidad de que pocos importadores se han lanzado a la aventura de ese descubrimiento. Y por último aparece el desconocimiento de dicha región y de sus maravillas por parte de los consumidores. Puede decirse, entonces, que casi todo ha obrado en contra.
California es la principal zona vitivinícola de Norteamérica. Y aunque, en su mayoría, se ha dedicado a vinos de consumo masivo, dedica una parte destacada de su producción a elaborar vinos de gran calidad. Incluso ha disputado puestos de honor con Francia e Italia y siempre ha salido airosa de sus duelos. Esa solidez se debe a la figura de Robert Mondavi, quien falleció hace ocho días a la edad de 94 años. “Murió tranquilo y en paz”, rezaba un comunicado. Así es, justamente, como deben marcharse quienes han cumplido.
La misión personal de Mondavi fue elevar la calidad de los vinos de la zona y procurar que los consumidores se acercaran a la bebida con entusiasmo y alegría, convirtiéndola en su primera opción de acompañamiento a la hora de comer o departir con familia y amigos.
Hoy día, California tiene un lugar ganado, mientras que los vinos de Mondavi representan la marca californiana más reconocida en el mundo. Más allá de eso, Mondavi (el patriarca, el abuelo, el padrino, el empresario y el mago del mercadeo) llevó también al teatro de la fama al Valle de Napa, considerada hoy la meca vitivinícola de Estados Unidos.
A Mondavi lo animaba, ante todo, la fogosidad. “Para mí, decía, el vino es pasión; me habla de familia y amigos; es una forma de comunicar la calidez del alma y la generosidad del espíritu. El vino es arte. Es cultura. Es la esencia de la civilización y la expresión de la vida. Cuando me sirvo una copa de buen vino, cuando la elevo y la observo a contraluz, cuando admiro sus colores y luego la olfateo y me la llevo al paladar para apreciar su esencia y su bouquet, pienso, por encima de todo, que el vino es una bendición, un regalo de la naturaleza, una herencia pura y elemental de la tierra donde brotó y del Sol que la maduró”.
A lo largo de su vida, Mondavi se afianzó como el empresario del vino más reconocido de su país. Llegó a firmar importantes convenios de producción con célebres figuras de la talla de Lamberto Frescobaldi, de Italia, Philippine de Rothschild , de Francia, y Eduardo Chadwick, de Chile, con quienes produjo inolvidables exquisiteces como Ornellaia, Opus One y Seña.
Igual que muchos estadounidenses de su generación, fue un hijo de inmigrantes italianos, provenientes de la región de Marche, en la zona centro-occidental de la península. Nació en Minnesota y luego se mudó, co sus padres, a Lodi, California.
Allí realizó sus estudios primarios y secundarios, y se tituló como economista y administrador en la Universidad de Standford, en 1937. Inicialmente, trabajó en los negocios de vino de su familia, pero pronto se convenció de que la calidad y la complejidad no estaban a la altura de otras regiones del mundo. Se propuso darle vuelta a la situación y, en poco tiempo, puso a California y a Napa en el mapa de la vitivinicultura mundial. Su etiqueta más popular fue Woodbridge, seguida de Robert Mondavi Pivate Selection y Robert Mondavi Winery Reserva.
En noviembre de 2004, como parte de la globalización y de algunas rencillas familiares internas, Mondavi vendió por 1.000 millones de dólares gran parte de sus marcas al gigante Constellation, el mayor productor y comercializador de vinos en el orbe. Fue el principio del fin del imperio vitivinícola del patriarca, quien, a lo largo de su vida, contribuyó con su dinero para mejorar la enseñanza de la enología en California. También patrocinó la integración del arte, la gastronomía y la cultura a través del American Center for Wine, Food and the Arts, financiado de su bolsillo. A pesar de sus reveses empresariales, su recuerdo permanecerá imborrable en la mente de millones de consumidores, aquí y en todas partes.
Los vinos de Julito
Julito, el de las baladas, ha vivido una desaforada historia de amor con el vino durante cerca de 40 años. En recientes declaraciones a la revista Wine Spectator, Julio Iglesias confesó que ha logrado coleccionar unas 54.000 botellas, distribuidas en cavas o residencias de su propiedad en España, Florida y República Dominicana. “Sé que, a mi edad, no podré tomármelas todas, pero bebo un poco todas las noches y comparto con los amigos”. Sus etiquetas favoritas son las francesas más costosas. “Sirvo (con facilidad) un buen Pauillac o un buen Pomerol (de Burdeos), y el día que el Real Madrid vuelva a ser campeón descorcharé un Romanée Conti del 85. Sólo lo haré cuando celebre algo muy especial”.
Vino recomendado
Yauquén
Bodega Ruca Malen
50% Malbec, 50% Cabernet Sauvignon
Agrelo y Perdriel (Mendoza)
Argentina
En lengua Mapuche, Yauquén significa “compartir”. Y a esto, justamente, invita este vino de mezcla, elaborado por una bodega de inspiración francesa. En boca y nariz produce sensaciones complejas, pero elegantes, que lo hacen fácil de tomar. Es ideal para carnes magras, pollo a la plancha y pastas. Importa: South American Wine Group.