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La trascendencia de Punta Larga

Hugo Sabogal

27 de septiembre de 2008 - 12:06 a. m.

Aunque pocos lo conozcan o lo crean, en el Valle de Sogamoso se encuentra un viñedo creado por Marco Quijano.

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Fui por primera vez a Punta Larga en 1983, después de regresar de un largo período de formación y residencia en Europa.

Por esos días, había leído una nota de prensa aparecida en El Tiempo, donde se informaba del reciente establecimiento de una pequeña bodega, con viñedo propio, en cercanías de Nobsa, el pintoresco pueblo boyacense donde se producen las mejores ruanas del país.

Con las pilas recargadas en materia vitivinícola (luego de visitar durante años las zonas productoras de Alemania, Francia, Italia, España y Portugal), mi interés era ver cómo alguien había podido desafiar las leyes naturales de la vid, que, desde hace 8.000 años, produce sus mejores resultados en climas con estaciones claramente definidas. En este caso, el punto de origen era el trópico y tal condición obligaba a la planta a dar, no una, sino más de dos cosechas al año.

El sitio donde se había ubicado la bodega del Marqués de Punta Larga exhalaba —y todavía exhala— un aire realmente paradisíaco, especialmente al caer la tarde. Su gestor era Marco Quijano Rico, un apasionado químico colombiano formado en la Universidad de Lausanne, Suiza, con un PhD del Max Planck Institut, de Mainz, en Alemania. Durante su estadía en Europa, Quijano cayó rendido ante los pies de los vinos alemanes del Valle de Rin y, al regresar a Colombia, simplemente quiso repetir la experiencia en la zona de sus ancestros, presentes en el Valle de Sogamoso desde tiempos de la colonia española.

Con vides aún jóvenes y ariscas (principalmente blancas, como Riesling, y tintas, como Pinot Noir), los vinos de Punta Larga, en ese entonces, dejaban mucho que desear. Su rasgo predominante era la falta de estabilidad, manifestada en el momento de enfriarlos. Extrañamente, el interior de la botella se llenaba de cristales al entrar en contacto con el frío. Y como bien se sabe, el frío es clave en el servicio de todos los vinos blancos y en el de los tintos ligeros, como el Pinot Noir.

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Sin embargo, dejaban asomar algo de su propia identidad varietal, como aromas florales y frutados, al igual que ese envidiable equilibrio entre acidez y azúcar. En el caso del Riesling, sin embargo, no se manifestaban tanto la manzana, la pera y los toques petrolizados (como los alemanes o alsacianos), sino el durazno y la curuba, y una carga importante de minerales.

El Pinot Noir no se asemejaba a los ejemplares memorables de la Borgoña (cargados de recuerdos a violetas, fresas, cerezas, cuero y champiñones), sino a frambuesas y maderas exóticas ahumadas. De todas formas, me alegró la elección de cepajes hecha por Quijano, pues al requerir menor tiempo de maduración, se ajustan mejor al trópico. Adicionalmente, pude constatar que los días soleados y las noches frías del Valle de Sogamoso aseguraban una maduración lenta, esencial en los vinos que buscan complejidad aromática y gustativa. Y ahí entendí que este quijote boyacense no estaba improvisando.

Viajé durante muchos fines de semana a Punta Larga y no veía mejoría sustancial. Y pensé que esta colombianísima bodega perduraría solamente como un elemento más del noble paisaje boyacense. Luego me establecí en el sur del continente y me olvidé del tema.

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Por eso me sorprendí a comienzos de esta semana cuando un Riesling del Valle del Sol D.O.G., del Marqués de Punta Larga, se alzó con una medalla de plata en la quinta versión del concurso Vinus 2008, celebrado en San Rafael, al sur de la provincia argentina de Mendoza. Si bien es cierto que en Vinus 2008 no participan las bodegas más premiadas y reputadas del mundo según los cánones de la crítica internacional (porque simplemente no se molestan en enviar muestras, como debe hacerse en estos eventos), el contingente de participantes se acercaba al medio millar. Participaron productores de doce países, entre ellos Argentina, Brasil, Uruguay, Hungría, Francia, Grecia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Portugal, Italia y Colombia. Pero no por carecer de figuras estelares el concurso pecó de ligerezas. Al contrario: fue muy exigente en la evaluación y calificación de muestras, como mandan las normas.

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Al final de la jornada se repartieron 217 medallas, 148 de las cuales fueron otorgadas a ejemplares argentinos; Brasil se llevó 31 premios; Israel obtuvo 15; Uruguay, 13; Hungría y Francia, 2, y Nueva Zelanda, Sudáfrica, Portugal, Italia y Colombia se llevaron, cada uno, una presea.

Adicionalmente, hay que decir que Vinus 2008 es un espacio respaldado por el Instituto Nacional de Vitivinicultura de Argentina, la máxima autoridad del ramo en ese país. Y cuenta también con el aval de la Asociación Mundial de Periodistas y Escritores de Vino. Su dirección está a cargo del ingeniero Raúl Castellani, una de las figuras más importantes de la vitivinicultura austral.

A Quijano, con quien he hablado personal y telefónicamente —sin que, lamentablemente, hayamos ahondado el trato—, le quiero enviar un brindis de felicitación. Son 26 años de constante y paciente labor, desafiando todos los pronósticos de fracaso. Porque, no contento con elaborar sus propios vinos, Quijano embarcó a varios campesinos de la zona en la cultura vitivinícola, sin no pocos sacrificios.

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Porque las parras plantadas hoy, por ejemplo, tardan tres años en dar frutos apropiados para convertirse en vino, y es bien sabido que nuestros agricultores carecen de recursos para sobrevivir sin explotar la tierra todo ese tiempo. Otro hurra por ellos. Por tal razón, y ante tal esfuerzo para vencer vicisitudes —y triunfar—, sólo me resta un compromiso: volver a Punta Larga.

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