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Perú y el vino

Hugo Sabogal

05 de julio de 2014 - 09:00 p. m.

Cada vez que hablamos de Perú, desfilan por nuestra mente abundantes imágenes de su trascendental pasado. Ahí están las imborrables y enigmáticas huellas dejadas por la cultura nazca.

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Y qué tal la seducción de la inmortal Machu Picchu, la nobleza de Cuzco y la magnificencia de Lima. Y qué decir de su influyente y envidiable cocina fusión, suma de contrastes orientales, africanos, europeos y amazónicos. Y la lista puede seguir...

Pero señalar que Perú fue una de las mecas del vino en las Américas en la época colonial es algo que pocos recuerdan o que muchos desconocen. Pero ahora, después de décadas de adormecimiento, la vitivinicultura del país andino ha vuelto a tomar vuelo, y hay que estar listos para no quedarse atrás.

Después de México, que elaboró los primeros vinos en América en 1525, Perú fue el segundo gran productor de la bebida, mucho antes que Chile y Argentina. Los responsables de plantar los primeros viñedos fueron los españoles Bartolomé de Terrazas y Francisco de Carabantes, alrededor de 1538. Escogieron una hacienda llamada Marcahuasi, situada en inmediaciones del Cuzco, por entonces la capital del Imperio inca.

A medida que los cultivadores descubrieron las fortalezas y debilidades del entorno, el valle de Ica —en la zona centro-sur— se transformó rápidamente en el epicentro de la actividad, gracias a los días calurosos y las noches frescas, dos condiciones que favorecen la obtención de uvas de calidad.

El mayor impulso se registró entre los siglos XVI y XVII, y lo constituyó la transformación de Potosí, en la vecina Bolivia, en la más grande urbe de las Américas, por obra y gracia de la minería. El otro gran mercado fue Lima, que, para entonces, era la capital del Virreinato del Perú, que se extendía hasta el Río de la Plata.

Cuando el vino peruano estaba en pleno apogeo, una cadena de adversidades comenzó a socavar sus pilares hasta poner las bodegas existentes al borde de su desaparición. Primero fue un terremoto, luego sobrevino la expulsión de los jesuitas (experimentados viñateros) y finalmente la corona española restringió la producción de vino, obligando a los productores a desviar sus intereses hacia la destilación del mosto, dando origen así al pisco. Gradualmente, Perú comenzó a importar sus vinos desde Chile, país que trajo algunas de sus primeras vides de los cultivos de Ica.

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En el siglo XX y lo que va del XXI ha habido varios intentos de rescatar la tradición, gracias a empresas como Tacama, que continuó con los campos trabajados inicialmente por Carabantes y que hoy se mantiene vigente con la producción de vinos y piscos.
En los últimos diez años también ha tomado impulso un emprendimiento iniciado hace 138 años por el inmigrante italiano Santiago Queirolo. Sus descendientes han trabajo de manera ardua hasta tomar recientemente la delantera, convirtiéndose en el nuevo estandarte del vino peruano, tanto dentro como fuera de sus fronteras. Sus campos, a partir de 2002, han sido completamente implantados con sarmientos traídos directamente de Francia.

Su marca insignia es Intipalka (que traduce “valle del sol”), cuyas exportaciones a Estados Unidos y Europa han venido creciendo de manera sostenida, de la mano del apogeo de la gastronomía peruana. Sus vinos blancos, tintos, espumosos y semisecos figuran en las cartas de los más afamados restaurantes peruanos y en los menús de todas las aerolíneas internacionales que entran y salen del vecino país.

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Hace menos de una semana Intipalka hizo su debut en Colombia por iniciativa de Carlos Yaipen, fundador de los restaurantes Nazca, 14 Incas y Sumaq.

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Desde un Sauvignon Blanc fresco y aromático y un Chardonnay equilibrado y expresivo, hasta tres vinos tintos de cuerpo y estructura , los vinos de Intipalka pueden acompañar platos de pescados, mariscos y carnes, acomodándose como pocos a la infinidad de preparaciones de la rica cocina peruana. Tal es la armonía lograda que el reconocido cocinero limeño Gastón Acurio los presenta de manera destacada en sus exclusivas cartas de vino. Y para el aperitivo o el postre, la Casa Queirolo también ha desarrollado piscos de gran expresión, presentes desde hace unos cinco años en Colombia.

Perú es uno de los principales mercados de vino importado en Latinoamérica, donde Argentina, Chile y España, en ese orden, ejercen un marcado liderazgo. Por eso es meritorio que marcas como Tacama y ahora Intipalka aseguren un puesto de honor en su propio país y en otros mercados, amparándose en la calidad de sus vinos y en una tradición que en buena hora se ha rescatado.

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