Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Quienes sostenemos que viene pierna arriba una dosis creciente de autoritarismo no encontramos eco suficiente. Primero, porque se mueve en forma sutil. No tenemos al frente a un Pinochet estrafalario. Y segundo, porque la coraza conservadurista de esta sociedad es bien dura.
Pero ahí está. Hace presencia a veces en forma inocente.
La vicepresidenta Ramírez ha dicho que los bares deben asumir responsabilidad en la guarda de la continencia de sus clientes. Un paso peligroso. Ya sabemos que eso de buscar que los particulares asuman funciones de control tiene sus bemoles. Se sabe dónde comienza pero no dónde termina. ¿Hay buena intención en lo dicho por Marta Lucía? No importa. El camino al infierno está lleno de buenas intenciones. No quiero imaginar las disputas en los bares entre meseros y clientes. Ni las sanciones de los dueños a los meseros. Y así en cadena infinita, en busca de la perfección. Ese es el punto. Marta Lucía, como todos los autoritarios, piensa que su deber en la Tierra es hacerles el bien a los demás para defenderlos de sí mismos. La gente no se debe emborrachar. Muy bien. Pero la pregunta es si para lograr esa sociedad perfecta hay que montar un panóptico universal. El que imaginó Bentham pero ahora potenciado incluso con la ayuda de la tecnología. Ojo, que no es chiste. Los sistemas de control social que nos vienen, por ejemplo, de la internet y el celular no los alcanzó a imaginar Foucault.
Pero el asunto de Marta Lucía es más grave.
Se le aplaude que haya manifestado rechazo por la muerte violenta de Ana María Castro. Los autores merecen castigo. Pero hagamos la deconstrucción de lo que dijo en un trino:
“Es evidente la mala intención de Paul Naranjo, Mateo Reyes y Julián Ortegon (sic) al emborrachar a Ana Maria (sic) Castro hasta hacerla perder el sentido. Lo que venia (sic) después era violarla, pero terminaron matándola antes. (Los) Bares tienen también responsabilidad”.
Hagamos caso omiso de la fobia a la tilde, las deficiencias del lenguaje y la distorsión del significado de la palabra “evidente”. Aquí ya hay un sesgo propagandístico. Es el populismo punitivo en su esplendor. Pero, yendo al fondo, preocupa ese deseo de entrar en el corral de la justicia para dictar sentencia anticipada en busca de aplausos. No es la única en el Gobierno que ejerce esa práctica. Cuando agrega que los jóvenes iban a emborracharla para violarla, no solo perturba la labor de la justicia, sino que deja ver esto: que una reunión de muchachos que salen a divertirse es, en sí misma, un peligro social. “El hombre es fuego y la mujer estopa, llega el diablo y sopla”, decían los bisabuelos. Es un argumento que contribuye a sustentar el panóptico. Pero la otra cara es peor: en un lamento que pretende proteger a las mujeres, pinta un cuadro patético: mujer desvalida, en manos de gamberros, sin voluntad, sin quien la proteja, a la espera de que el mesero la envíe a su casa en compañía de la policía. Claro que hay un grave problema de feminicidio. Pero en el afán populista no se puede tomar un caso para implantar una sociedad totalitaria.
Claro que el mal existe. Y que hay que combatirlo. Pero esta es una lucha que debe darse sin ahogar la libertad. Y sin menospreciar la independencia de las mujeres con el falso pretexto de defenderlas.
