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Calistenia electoral

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Humberto de la Calle
29 de marzo de 2026 - 05:05 a. m.
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El peso de la coyuntura es tan grande que toca hablar de elecciones para no aparecer como un extraterrestre.

Aún hay incertidumbre en el panorama electoral, aunque mucho menos que en la etapa anterior a las consultas de marzo. La llamada Gran Consulta produjo un efecto paradójico: amplió en vez de reducir el número de candidatos viables, pero, al mismo tiempo, abrió espacios que parecían atrapados por el binomio Cepeda/Abelardo. También de los nueve participantes solo salió una: Paloma. Pero, al mismo tiempo, y no es asunto menor, dejó en cuidados intensivos a las candidaturas “de centro”, en particular las de Claudia López y Sergio Fajardo. No puedo afirmar que están muertas. Uno está suficientemente viejo como para no brindar opiniones dogmáticas. En estas materias todo puede pasar. Pero sí es evidente que eso que llamamos “centro” ha quedado relegado y que muy difícilmente puede recuperarse. Lo cual es mala noticia para quienes hemos habitado en ese espacio, pero, por otro lado, es una contribución al logro de una mayor claridad. En resumen: de dos candidatos “fijos”, pasamos a tres altamente viables. Con todo y la carga de su pertenencia al Centro Democrático, Paloma abre puertas. Malas para algunos, pero un alivio para otros que no han querido verse maniatados al binomio que se perfilaba como copia de lo ocurrido en 2022.

Entrando con botas pantaneras al tortuoso fango de las predicciones, creo que por estas calendas (faltando mucha campaña) el triunfo de Cepeda está supeditado a ganar en primera vuelta. De lo contrario, ya lo han dicho otros, el camino de Chile podría repetirse en estos andurriales. Es decir, una unificación de fuerzas hacia la derecha que terminen por impedir el triunfo del Pacto Histórico.

La gran pregunta no es esa. Es apenas una hipótesis. La verdadera pregunta es qué debe hacer cada contrincante en ese escenario, con el ánimo de reforzar su posición y captar votos dentro de quienes no constituyen su voto duro, de quienes están indecisos, de quienes están perplejos.

La jugada vicepresidencial de Cepeda mostró, contra todo pronóstico, que, en vez de apertura, envió un mensaje de solidificación de la izquierda. Ahora se habla de que, transcurrida la configuración de su tiquete, ya ha empezado a tratar de recoger voces distintas al Pacto Histórico mismo. Su problema es que adelanta la campaña en medio de un silencio acojonante. Algo ha dicho por estos días. Pero sigue actuando como sobresaliente de espadas de Petro que es su verdadero y portentoso jefe de campaña. Es el que rompe el viento y Cepeda se beneficia calladito. Ni un solo deslinde, salvo, a medias, el de la Constituyente que, sin embargo, no es irreversible. Siguen recogiendo firmas. Por algo será.

De la Espriella ha rechazado, al menos públicamente, adhesiones de políticos tradicionales. Qué tanto esa movida le sirva, podría rememorar a Rodolfo. Salvadas las distancias enormes entre uno y otro. Puede ser osadía o desespero. Puede ser que intuya que el aluvión que recibió de la derecha dura, en el momento en que era él solo contra Cepeda, pueda disolverse y que, por tanto, no vale la pena pagar el precio de las fotos aburridoras con gamonales y barones.

Y Paloma en el filo de la navaja. Porque afronta tres campañas distintas: la primera, ya terminando, fue el desafío de la fórmula vicepresidencial. El intercambio de posiciones encontradas en temas serios pudo haber sido catastrófico. Por ahora, parece superado por varias razones: el Acuerdo del Colón no es verdadero tema central de esta campaña. Los temas morales alrededor del género, tampoco. Son joyas vintage, relicarios de culto que conmueven hasta los tuétanos a algunos, pero hoy por hoy esos algunos son realmente muy pocos. El ambiente de tolerancia ha permeado a las mayorías. Y eso es bueno.

Contribuye a superar estas desavenencias la hábil jugada de bautizar ex post la discrepancia como coalición. Realmente, coalición no hubo, entendiendo como tal un ejercicio programático de cara al electorado, con compromisos y líneas rojas no ocultas. No hubo tal coalición sino artificio electoral entre personajes cuya verdadera ligazón era el antipetrismo. Lo cual no es ilícito. Pero se aplaude la creatividad de quienes se inventaron a las volandas la coalición y, con standing ovation, los que ahora hablan de gobernar desde la diferencia. Miel para nuestros oídos, pero la cúspide del ejecutivo no es el mejor territorio para esos ejercicios. Debe hacerse entre partidos, congresistas y, finalmente, gabinete. La mayor debilidad de la Vicepresidencia es su carácter inveterado de desconfianza en el circuito del poder. No se debe jugar con eso. Desde Santander y Bolívar.

La segunda campaña de Paloma es la dirigida a superar a Abelardo. Alguna encuesta muestra que eso ya está en marcha.

Y la tercera campaña, después de constatar ese hecho (si es posible constatar algo) es la de abrir el compás hacia el centro para que, o bien seduzca a algunos reticentes, o al menos les permita lavar su conciencia si dan el volantín hacia el Centro Democrático.

Palabras finales: puede que todos estos juegos de artificio sean apenas especulaciones dominicales (y ahora sabatinas por decisión de El Espectador). Puede que todo ocurra de manera más natural. Puede que ese “centro”, sin necesidad de empujarlo, se divida. Unos con Cepeda y otros con Paloma (lo de centristas alimentando a Abelardo no lo veo). ¿Quiénes serán mayoría? Y aún más audaz: ¿puede que, si Cepeda no gana en primera, la masa de votantes contra el Pacto Histórico sea suficiente para triunfar, más allá de las savias nutricias del centro? Lo cual sería catastrófico no solo porque acallaría la voz del centro durante largo tiempo, sino porque tendríamos un gobierno con nocivos rasgos autocráticos.

Y esto, porque se cumple el paradigma de los franceses, grandes cultores de la segunda vuelta: en la primera se vota por amor y en la segunda por odio.

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