La Acrópolis de Atenas bajo la nieve parecía simplemente una divertida postal. Después vinieron las pistas de patinaje en los helados canales de Ámsterdam y las caminatas con paletas para la nieve en los andenes de Moscú. Cuando hubo que suspender los exámenes en Damasco para regocijo de los estudiantes, el asunto, sin embargo, empezó a ponerse serio. Tan serio como -15 °C en el centro de España.
La naturaleza ha hablado. Y muy duro. Ya la expresión calentamiento global se ha quedado corta. Los glaciares derretidos en el Polo Norte han creado una ola de frío de enormes consecuencias. Ido Trump de la Casa Blanca, el negacionismo ha perdido una batalla. Pero subsiste algo peor, porque es más taimado y más sutil. Es el demoracionismo. Los grandes poderes corporativos, aunque conscientes de la situación, influyen para demorar las soluciones poniendo por delante la salud del P y G.
La tapa ha sido, como lo narra The Washington Post, el congelamiento de Texas. Sí, Texas. No solo un lugar de temperaturas altas, a veces desérticas, sino uno de los campeones mundiales en la producción de energía. Pues la ola ha afectado de manera dramática la generación de electricidad. Los texanos tuvieron que abandonar sus casas frigoríficas, irse a dormir a los carros y hasta hacer fogatas con sus muebles. Cuatro millones de personas en la oscuridad y el frío. Y de contera, también se paralizó el suministro de agua. No solo estamos regresando a la desertificación del planeta sino también a la vez a la edad de hielo. Es la respuesta de la naturaleza, dirán algunos. Es una fatalidad. Pero no es del todo cierto. La acción del hombre tiene un alto porcentaje de incidencia. Y, en especial, las formas de gobernanza puestas en marcha. Texas ha vivido orgullosa de su modelo de bajos impuestos y gobierno pequeño. Pero ahora encuentra que su política energética, basada en el mercado y las ganancias privadas, dejó al descubierto un déficit invisible que hace presencia como una gran amenaza. Un poco lo que pasa entre nosotros con el sistema de salud. El Estado se ha dormido sobre laureles aparentes. El vecino California, sin embargo, no acaba de salir de la crisis de la sequía, con bosques en llamas por doquier, caracterizada también por ¡cortes de energía! Los gobiernos europeos llaman al ahorro. Y Siberia se ha visto asolada por incendios.
Como lo dijo mi vecino Andrés Hoyos, en el caso de Colombia la transición a energías limpias no va a ocurrir de la noche a la mañana. No solo por los desafíos técnicos y los costos, sino porque los combustibles fósiles siguen siendo fuente abultada de recursos fiscales. De algún modo, aunque sujeta a críticas de los ambientalistas, nuestra alta proporción de energía hidroeléctrica nos protege parcialmente. Finalmente, es más limpia que los fósiles.
Todo esto para decir que hay que despabilar rápido. Que la cosa es en serio. Y que el gran tema de la actualidad no es la pandemia, aunque suene despectivo. El virus pasará. Nos dejará empobrecidos. Pero lo urgente desde una mirada planetaria es el cuidado de la casa común, como la llama el papa Francisco.