26 Sep 2021 - 5:30 a. m.

Cuidado con fatigar las palabras

A raíz de una declaración de Petro en la que acusaba a Duque de ser autor de crímenes de lesa humanidad, y de la funesta respuesta del ministro del Interior, publiqué un trino en el que decía que Petro había exagerado, pero que lo hizo de manera aún más dañina el señor ministro.

Recibí en las redes el “merecido castigo”, como lo dijo con ironía Wasserman. Se me acusó de complicidad con Duque o algo parecido.

Entonces me explico: la expresión “crimen de lesa humanidad” se ha venido usando de manera creciente como una especie de superlativo, para significar una conducta muy grave. Se trata, es obvio, de delitos gravísimos, pero a ello hay que sumar que deben ser cometidos “como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque”. Es lo que dice el Estatuto de Roma. Los ejemplos utilizados en la jurisprudencia le dan más claridad al concepto. El comercio atlántico de esclavos, el holocausto nazi, el gulag soviético, los campos de concentración británicos en la guerra de los Bóeres, el uso del agente naranja en Vietnam, en fin, una colección de hechos generalizados o sistemáticos. Por cierto, la JEP tendrá que examinar la situación en Colombia.

Es preciso condenar la arremetida de la Fuerza Pública en las recientes movilizaciones. Esto exige analizar la responsabilidad del Gobierno. Lo que sostengo es que el uso de expresiones ampliando y exagerando sus linderos termina desgastando el contenido descalificador de la noción.

Ha sucedido también con la expresión “corrupción”. Hace digamos dos décadas, tenía un significado más afrentoso. Hoy se usa para tal cantidad de desafueros —menores, graves y monumentales— que ha terminado haciendo parte del paisaje. Al diluir la fortaleza de la palabra, es la corrupción misma la que termina haciendo parte de ese paisaje. Me pregunto si la corrupción no nos estará ganando la guerra.

Vamos el caso contrario: Alejando Ordóñez denunció penalmente a Danny Samper y otros por una publicación en la revista SoHo, una crónica llamada “La última cena”, con foto de un desnudo y todos los fierros. Danny me hizo el honor de defender esa causa, sin interés económico de mi parte. Una de las acusaciones era contra Fernando Vallejo por utilizar la palabra “marica” en esa atmósfera de simbolismo religioso. En mi época de bachillerato, “marica” era lo peor. Más grave que una mentada de madre. Ahora es un estribillo. Cogí una grabadora y recorrí varias universidades. En efecto ese vocablo se volvió muletilla. Por esa y otras razones más profundas, ganamos el caso para bien del periodismo libre. Aquí la moraleja es al revés: por fortuna la herrumbre de la palabra ha venido de la mano de la atenuación de la discriminación. Menos para la ultraderecha perseguidora, claro está. Ojalá el ingreso al petrismo del antiderechos Saade solo sea pasajero afán de votos. Aun así, reprochable.

Coda. Hoy Alemania puede girar al centroizquierda. Como ocurrió en Noruega y es definitorio en España, Italia, Portugal y, ahora, Canadá. Y aquí dicen que no existe.

Codita. El origen de la prima está relacionado con la participación de los trabajadores en un plus de utilidades. Con la ventaja de que no se aplica ciegamente. Depende del P y G. Buena o mala idea, pero no sacrílega, como lo sostienen los opositores de Petro.

Temas relacionados

LenguajeGustavo Petro
Comparte: