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La prensa ha publicado dos escritos recientes: una reflexión sobre la inconveniencia del sistema presidencialista, del doctor Uprimny, y la columna de Néstor H. Martínez en la que afirma que fue un error realizar elecciones en fechas separadas.
Uprimny describe las dificultades del sistema presidencialista de cara a la democracia y, en particular, frente a un escenario multipartidista. Lo hace en un escrito impecable en el que recoge las ideas ya clásicas sobre esta cuestión. Presidentes sin mayoría en el Congreso, períodos fijos y casi inamovibles que perpetúan las crisis creando callejones sin salida, presidentes impotentes, prepotentes o enmermelados, mandatarios que se arrogan el nombre del pueblo con base en el mandato directo que han recibido, olvidando el mandato del propio Congreso y la tarea de control de otros órganos, las cortes entre éstos y, finalmente, gobiernos ineficaces y bloqueados. Concluye que el parlamentarismo es mejor para la democracia porque brinda eficiencia y desata las rupturas a un menor costo.
Veo una debilidad en la disertación de Uprimny: no una falla conceptual sino una disonancia tópica porque es un parche donde no reside la herida. Este jurista tendría razón plena de cara a un contexto distinto. La realidad de momento en Colombia es que no hay partidos. Quedan escombros de algunos y, a su lado, estructuras ya disueltas. Parlamentarismo sin partidos es una utopía. Y, para mí, la mala noticia es que los partidos no volverán. La personalización de la política es irreversible y universal. Y en nuestro caso, alentada por este caudillismo patológico que nos ha azotado y que, quizás, podría continuar su marcha.
Imaginemos un régimen parlamentario: en vez de aliviar el intercambio de votos por mermelada, clientelismo y, en ocasiones, corrupción, agravaría el problema. Cada semana tendríamos una moción de censura en marcha como chantaje por un contrato que fue a otras manos o un puesto burocrático que cayó en el enemigo regional del parlamentario. En la década de los 50 en Italia, donde el parlamentarismo floreció, los gobiernos duraban muy poco. Era una orgía que terminó convirtiendo el gobierno en algo irrelevante.
El temor de Uprimny sobre presidentes impotentes, prepotentes o clientelistas se vería agravado. Al contrario, el gobierno caería en el marasmo y la ineficacia mayor que la que se quiso remediar, o en la apoteosis de una mermelada condimentada esta vez con la idea ficticia de que el primer ministro manda porque tiene bancada.
En 1991 se intentó un camino intermedio: introducir en el régimen presidencialista algunas trazas del parlamentarismo a fin de atenuar los efectos nocivos. Creo que ahí habría un mejor camino, acompañado de mayor vigor de los órganos de control, de una ciudadanía más actuante y de una sociedad civil más organizada.
Sé que lo que propongo suena débil por ahora. Pero creo que el paso hacia el parlamentarismo, mientras las características del régimen político real sean las actuales, sería catastrófico.
Por su parte, el doctor Martínez Neira ha dicho que hubo un “defecto institucional que engendraron los constituyentes de 1991, que ha hecho imposible la gobernanza nacional. La Constituyente dispuso, en contravía de lo que establecía la carta del 86, que la elección del presidente debe hacerse en una fecha distinta a la del Congreso, para que la elección del primer mandatario sea más libre y no quede amarrada al mundo de la politiquería y sus maquinarias. Así, antes del 91, los gobiernos se elegían conjuntamente con el Congreso (…) De esta manera, las mayorías de las nuevas cámaras acompañaban al nuevo mandatario y hacia viable su programa con la lógica propia de los sistemas parlamentarios”.
En relación con esto, tengo una precisión y una objeción.
Pese a que el doctor Martínez suele ser acucioso, su afirmación es incorrecta. La separación del calendario electoral (días distintos) es anterior a 1991. En la reforma Lleras de 1968 ya el sistema fue separado. Y en la Constitución de 1886 no había elección directa del presidente, luego la comparación es estéril.
Y la objeción: el efecto es exactamente el contrario al que predica el columnista. Una bendición para Colombia ha sido la separación del calendario electoral. Es verdad que dificulta la relación presidente/Congreso, pero en cambio es la mayor protección contra el unanimismo y el riesgo de la concentración autoritaria de poderes. Y esta tendencia garantista se profundizó con otra fecha aparte para las elecciones locales.
Baste un ejemplo: ¿imaginan un Petro con mayoría en el Congreso y sin alcaldes de elección separada e independiente en las grandes ciudades? Al contrario de lo que dice Néstor H., la unificación electoral lo que provocaba era que el presidente servía de locomotora que arrastraba Congreso y elecciones regionales en un solo golpetazo electoral de coyuntura. Una quiniela avasalladora. Una unificación extrema del poder. ¿Que mejora la gobernanza? Sí. Pero disminuye el pluralismo. La separación del calendario genera un entorno más democrático.
Coda: Confieso que pertenezco a los que dijimos que la derrota de De la Espriella podría abrir, así fuese de manera subrepticia, un espacio al doctor Uribe frente al nuevo gobierno. Espacio que fue el que el presidente electo quiso cerrar. Y no lo dije por cizañero, estimado cuasi tocayo. ¿Hay guerra entre Abelardo y el Centro Democrático? Puede que no. Este se declaró partido de gobierno. Y son muchas las afinidades. Pero también puede suceder que, de cara a las elecciones locales, la refriega siga de manera soterrada. Martínez dice que no. Que no ha pasado nada. Pero Nieto Loaiza habló de guerra y agregó que la ganaría Uribe. Luego atenuó sus afirmaciones. Pero, querido Rafael, tu foto alborozada al lado de Aída vale más que mil palabras.
Coda 2: ¿Abelardo quiere tomarse la derecha? ¿Cree que la guerra cultural hay que librarla con nuevas brigadas? No se puede descartar. La pregunta es: ¿Lo logrará? Su mandato, que es limpio y legítimo, es magro. Una diferencia estrecha y un Congreso disperso. Doctor Abelardo: cuidado con el hybris de los griegos. Esa pulsión imperiosa para pelear incluso con los dioses. Hay que medir primero la gasolina. Y mejorar el pronóstico del comportamiento del Congreso. Salir a la cancha con una derrota precoz no fue buena cosa.
