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Escrito provisional sobre el calendario electoral

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Humberto de la Calle
27 de junio de 2010 - 01:00 a. m.
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EN UNA DEMOCRACIA NORMAL, sería lógico que el Partido Verde tuviera el 30% del Congreso.

Suena patológico que los partidos Liberal y Conservador hayan tomado cada uno alrededor del 20% de la bancada parlamentaria y que hayan desaparecido en las elecciones presidenciales. Y hasta el Partido de la U: con todo y su triunfo en ambas elecciones, Santos sólo logra con alianzas lo que debería tener por derecho propio en las dos vueltas presidenciales.

Ocurre que hay una doble personalidad en nuestro sistema político. Una separación esquizoide entre la elección de Congreso y la escogencia del Presidente. Esa disociación le resta coherencia a la acción política y tiende a ser superada con el repugnante tejemaneje Ejecutivo-Congreso en el que la corrupción reemplaza la adopción transparente de políticas públicas.

De modo que comparto la visión optimista sobre el pasado debate electoral presidencial, un acto que enorgullece nuestra democracia. Pero eso no significa que hayan desaparecido serios problemas estructurales. Hemos ganado en el régimen de partidos, pero la tarea está incompleta.

A título de simple ensayo propongo una discusión sobre el calendario electoral que, a mi modo de ver, es fuente importante de esa disociación. La reforma de 1968 ordenó que las elecciones de Presidente y de Congreso se celebraran el mismo día. Se arguyeron razones fiscales, pero en verdad el asunto es de más fondo. Hernando Yepes en su tesis de grado controvirtió la medida. Dijo que debían separarse ambos actos electorales con el argumento de que el de Congreso es el momento de la pluralidad y el de Presidente, el de la unificación. Otros comentaristas comenzaron pronto a criticar un esquema que miraban como excluyente, porque el candidato presidencial actuaba como locomotora que movía los vagones del electorado hasta el último rincón del territorio, privando a otras fuerzas de presencia en el Congreso. Era, como ahora, la eterna disputa entre apertura democrática y gobernabilidad.

En 1977, bajo López Michelsen, triunfó la segunda tesis. Una reforma constitucional separó ambas elecciones, algo que se mantiene todavía.

Lo que habría que discutir hoy es si, existiendo la segunda vuelta presidencial, que es el verdadero momento unificador, las elecciones de Congreso deben concurrir con la primera vuelta presidencial, para favorecer esa anhelada coherencia entre Congreso y Ejecutivo.

Porque aunque la reforma del 2003 mejoró el panorama de los partidos, todavía siguen más o menos al garete. De hecho, es también muestra de inmadurez esa tremenda volatilidad que se vivió en las pasadas elecciones presidenciales: en menos de seis meses tuvimos cuatro ganadores en las encuestas. Pese a que en parte el proceso estuvo interferido largo tiempo por la pretendida reelección, hay síntomas de que, pasada la elección de Congreso, los partidos se desordenan y confunden.

Le toca al presidente electo reorganizar sus bancadas, a veces mediante procedimientos no muy recomendables.

No hago todavía una propuesta definitiva. Dejo estas ideas, como simple ensayo para abrir un debate.

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