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Esquizofrenia y política

Humberto de la Calle

25 de julio de 2021 - 12:30 a. m.

Me refiero a la visión contradictoria de la realidad dependiendo de la posición política. En términos generales, es algo usual. Casi que el designio del Gobierno versus la oposición es magnificar sus puntos de vista y omitir los del antagonista. Pero lo que vimos el 20 de julio ya es una clase especial dada la virulencia de la ruptura.

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No se le puede pedir al presidente que actúe como jefe de la oposición. La omisión de muy buena parte del agobio que sufren millones de colombianos es, precisamente, el espacio que debe cubrir la oposición, como en efecto ocurrió. Lo lamentable es que ni el presidente ni los congresistas, en plena chacota, escucharon a sus voceros. Eso muestra que el Estatuto de la Oposición es una de esas ficciones que creamos los colombianos como por no dejar. En el Congreso no hubo espacio espiritual para la oposición. Imperó esa política siete-machos de “aquí mandamos nosotros y ustedes a quejarse al mono de la pila”.

Pero lo llamativo no es eso. Con mayor pudor, es lo que ha ocurrido casi siempre. Lo que merece análisis es la abultada densidad de los aplausos a ciertas frases presidenciales. Lo de los servidores de la salud no tiene que ser explicado. Fue un merecido aplauso emocional.

No puede decirse lo mismo de la ovación a la Fuerza Pública cuando el presidente señaló que se rige por los más altos estándares de derechos humanos, sin el más leve reconocimiento de desmanes que todos vimos en vivo y en directo. Esto es grave. Y no basta con decir que ese grupo de congresistas es apenas un puñado de los mimados del régimen. Ojo con eso. Por aislados que estén, algo traduce.

Es probable que este estallido, coherente con el regocijo oficialista por la descalificación de los bloqueos, esté relacionado con dos elementos: por un lado, el repudio a los excesos del paro. Y por el otro, el miedo.

Sobre lo primero, las franjas más radicales de la oposición se equivocaron en materia grave. El paso de las marchas (aun con los desmanes vespertinos) al bloqueo de vías con el consecuente desabastecimiento produjo una ruptura profunda. Aunque el grueso de la opinión apoyó inicialmente la movilización, los bloqueos produjeron, y siguen produciendo aún, un desplazamiento hacia la ley y el orden. El efecto político en el 2022 puede ser fatal para la oposición.

La otra cara es el miedo. La posibilidad de perder el manejo de la política a consecuencia de la indignación ciudadana produce pavor. La élite aterrorizada se aferra a las armas oficiales confiando en que ahí está la solución. El error es creer que el pánico solo afecta a los de arriba. Muchos ciudadanos de clase media, que se parten el lomo a diario para buscar un mejor vivir, no confían en que la solución venga de la izquierda radical. Ellos piensan que la violencia no es la partera de la historia. O por lo menos ese parto les suena indeseable. Hay un entramado conservador en el corazón de la sociedad colombiana, agudizado por 60 años de guerrilla.

La sabiduría de quienes queremos el cambio consiste en detectar en qué momento ese péndulo en movimiento puede ser detenido en el centro, antes de que termine nutriendo la extrema derecha. Además del rechazo al extremismo, el centro tiene que diseñar una seria política de seguridad creíble y garantista. Firme pero respetuosa. Antes de que sea tarde.

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