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FBI electoral

Humberto de la Calle

05 de septiembre de 2021 - 12:30 a. m.

El miércoles encontré medio perdido en alguna página interior de un periódico un alucinante titular: “El FBI ayudará a vigilar las elecciones”. Creí primero que había leído mal, después supuse que se trataba de un adelanto noticioso para el próximo 28 de diciembre; enseguida conjeturé que era algún refrito en boca de Trump. Movido por la curiosidad, al leer completa la información, encontré que, en efecto, el señor registrador nacional aparecía anunciando la “buena nueva”. Quedé plop.

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No se trata de criticar a ese encumbrado funcionario. Al contrario, es preciso ahondar sobre las motivaciones de esa determinación. El FBI pertenece al ideario sublimado del cuerpo más eficiente en la búsqueda de grandes criminales. Todos llevamos en la mente un cuadro: circunspectos investigadores rodeados de microscopios, colorantes y rayos ultravioleta. Todos de gafas y melena, puesta de moda por Fajardo y ahora resucitada por Alejandro Gaviria. También caballeros en las calles con sombrero borsalino de fieltro e inevitables gabardinas beige ajadas por el trajín en la interminable pero siempre exitosa lucha contra el crimen.

Para la pulcritud de los procesos electorales, a la mente no vienen sabuesos, sino barrigones expertos que viajan desde lugares recónditos para garantizar la limpieza de las urnas. Por limpieza se entiende que a ellas solo ingresen los votos que son. Y que ingresen después de abiertas las urnas y jamás luego de clausuradas.

Se pregunta uno, entonces, ¿qué ha movido al registrador a hacer un anuncio tan estrafalario? ¿Así de grave es el riesgo? ¿Está tan podrida la cosa? ¿No son manzanas sino toda la cosecha? A los consabidos jurados y testigos hay que sumar ahora la muchedumbre de husmeadores gringos entrenados a las carreras bajo un nuevo ajúa electoral que reza: cuidado con el 2022. ¿Y el 2026? ¿Llegará el Scotland Yard?

El registrador menciona los problemas que trae la sistematización. Este es otro revés para la cultura contemporánea. Suponíamos que los computadores eran sucesores del mago Merlín, capaces de desempeñar con ceguera algorítmica las más esotéricas operaciones sin el menor riesgo de error. Pues no. El registrador entendió que computador sin detective no sirve.

He recordado la sentencia de un experto extranjero en la época en que yo desempeñaba ese mismo cargo de registrador: “No se confíe, doctor: los computadores procesan lo que los humanos les meten. Si los alimentan con basura, lo que sale es basura”.

Registrador: ¿no habrá otras alternativas?

Porque recordemos que el FBI estuvo en manos del señor Hoover. Su capacidad de fisgoneo fue directamente proporcional a su talento perverso en el chantaje y la politización de la justicia. Pido que a cada detective del FBI le ponga al lado un agente de la CIA. Bueno, si el presupuesto no alcanza, al menos que sea del DAS.

Coda. Se cayó la cadena perpetua para violadores. No pasa nada. De hecho, como demostró Yesid Reyes, no era tan perpetua. Porque debía ser evaluada a los 25 años. Lo cual producía el alucinante resultado de que podría terminar siendo más suave con los delincuentes. Es una simple lucha simbólica. La vigencia de la pena, perpetua o menor, no depende mucho de lo que diga la ley. Es la eficacia lo que importa. Trivial pelea de símbolos que se libra en las confusas galerías de la politiquería punitiva. Bien por la Corte Constitucional. La comedia ha terminado.

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