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Hipocresías cruzadas

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Humberto de la Calle
05 de febrero de 2012 - 01:00 a. m.
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La política es el arte de cruzar mentiras para el logro de ciertos fines, algunos apreciables, otros reprobables. La política es algo más que eso, pero por ahora esta definición es suficiente.

Uno de los temas recurrentes entre nosotros es el problema de la repartición burocrática. Después de muchos años de antipolítica, creamos en el disco duro de la gente una situación paradójica: que quien gana puede gobernar con cualquiera menos con sus amigos políticos. Una suma de actuaciones permitió ese final inexplicable: por un lado, el abuso de los partidos tradicionales. Y por el otro, la utilización de ese abuso como bandera política. La antipolítica lleva varios lustros golpeando allí, como el boxeador golpea la ceja abierta de su rival.

Pero por debajo de las mentiras cruzadas está la realidad. Si alguien gana las elecciones, espera llevar a los puestos de comando a los ejecutores de su política, digan lo que digan las hipocresías mutuas. Y si los amigos no alcanzan, hay que formar una coalición.

Tienen, pues, razón Petro-Navarro cuando convocan a los partidos representados en el Concejo para gobernar conjuntamente. Es la respuesta natural a un esquema electoral endemoniado en el que los votos del Ejecutivo no tienen nada que ver con los cuerpos colegiados. Un notable caso de esquizofrenia electoral. Por eso, con igual naturalidad, pregunta Navarro: si la Unidad Nacional está bendecida en lo nacional, ¿por qué se demoniza en lo distrital? Todo esto claro está, referido sólo a los puestos de comando. Lo que sí no puede pasar es que volvamos a la época en que los empleaditos mendicantes se convertían en mercancía política.

El problema es que cada quien carga sus mentiras. Ahora Petro, después de haber sido adalid de la antipolítica, después de golpear tieso y parejo a los partidos tradicionales, una vez gana las elecciones tiene que echar mano de la llave maestra secular: repartir la torta para gobernar. Petro basó su campaña en buena parte en la promesa de cero clientelismo. Y no sólo eso: utilizó ese instrumento como martillo para golpear a sus rivales. Ahora el martillo se vuelve bumerán. Algo verdaderamente asombroso es que en la campaña el que aparecía como portaestandarte del clientelismo fue el señor Peñalosa, quien se distinguió precisamente por gobernar con plena independencia de los concejales.

¿Qué hacer? Gobernar es ejecutar una política. Y no se puede pedir que la política la haga cualquiera menos un político. Y menos aún un político enemigo. Pero una cosa es la aplicación correcta de esta máxima y otra el estercolero del clientelismo. Una cosa es que López Pumarejo nombre a Adán Arriaga para moldear la política laboral o a Alberto Lleras para entenderse con el Congreso. Una cosa es Echandía como ministro de Justicia y otra Name como ministro de Trabajo. Y muy otra, a distancia sideral, es la orgía que tiene su clímax en los recientes y múltiples carruseles, cuya característica es la utilización de fichas burocráticas para engullirse el presupuesto.

Cómo distinguir el bien del mal sigue siendo el tema crucial. Propongo un instrumento milenario: el bien se caracteriza por ser bueno y el mal por ser malo. Pambelé, maestro.

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