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Lecciones del Perú

Humberto de la Calle

05 de junio de 2021 - 10:00 p. m.

Hoy Perú definirá en las urnas su destino inmediato en medio de la incertidumbre. Con un empate técnico en las encuestas, ese país se debate en un oscilante panorama marcado hasta los tuétanos por la división y el fraccionamiento. En abstracto, la división en sí misma no es insuperable: para eso se hicieron las elecciones. Lo grave en este caso es que cada peruano, cualquiera sea su preferencia, piensa que ha sido colocado en una posición límite. Ni siquiera se trata de evitar el más malo de los candidatos, sino el “menos peor”.

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Hay que seguir con atención los acontecimientos porque hay demasiados indicios críticos que podrían ser calcados de lo que nos pase en 2022.

A primera vuelta llegó el Perú con una muchedumbre de candidaturas en medio de un proceso de dispersión que resultó siendo no una apertura democrática, sino un carnaval de pequeñeces que terminaron confundiendo a la opinión, destruyendo los agonizantes partidos y reafirmando el carácter banal y farandulero del proceso electoral. El eslogan primero que las ideas. Y el odio por encima de ambas.

Ojo, porque por ahora algo muy parecido nos ronda en estos andurriales. Va para el medio centenar el número de candidatos y la noche que llega. Muchos de ellos, sin mayores merecimientos. Se convirtió la Presidencia en mango bajito. No para decir que solo los privilegiados deberían tener acceso, pero sí para examinar con cuidado la formación y el talante de los aspirantes. Este último me recuerda una pieza publicitaria en alguna elección gringa, en la que se formulaba esta pregunta: “¿Dejaría usted sus hijos al cuidado de este personaje?”. Aquí será una pregunta insoslayable.

Es casi inevitable que también aquí lleguemos al 2022 en medio de un clamor social inédito. ¿En qué dirección jugará la indignación? Hasta ahora parece que Petro ha cosechado más apoyo. No es posible saber si esto se mantendrá. Pero lo que estoy sintiendo es que la marea empieza a moverse en la dirección contraria: ley y orden pueden terminar imponiéndose. El punto de quiebre fueron los bloqueos inmisericordes. La movilización en sus inicios, pese a las manchas violentas, fue un hecho portentoso en esta república del silencio y del miedo. Aun con los abusos de parte y parte, pese a la represión brutal, parecía que se abría el camino de la participación y de la democracia incluyente. Los bloqueos torcieron el rumbo de las corrientes submarinas de la opinión. Las fuerzas que los alentaron, creyendo que había llegado el momento de la insurrección, cometieron una enorme torpeza. Llenaron de temor no a la élite que ya estaba permeada por el medio y la rabia, sino a millones de ciudadanos afectados hasta la médula por los bloqueos. Si no se logra superar esto, puede suceder que los llamados progresistas hayan perdido su oportunidad.

La lección final del Perú es esta: hay que robustecer el centro político. Ninguno de los extremos le sirve a este momento de Colombia. Reflexión republicana, inclusión desapasionada, realismo fiscal, capitalismo consciente, confianza en la economía abierta, renuncia a los populismos. La Coalición de la Esperanza es, valga la redundancia, una esperanza. Pero hay que abrir más el compás. Incluir todos los sectores moderados. Y comprometerse a un gobierno colectivo, un gobierno genuino de coalición, acompañado de una gran lista única para Senado.

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